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Sentimientos ocultos, mentiras verdaderas.



Quisiera hacerte entender, querido lector, lo que mis sentimientos tratan desesperadamente por gritarle al mundo. Aunque, tampoco espero que puedas entenderme. Pero sí espero, que tu mente trabaje con la mía, y, al menos, intentes ver tan sólo una pequeña parte de lo que trato de plasmar.
¿Acaso alguna vez te has sentido victorioso, ante un deseo reprimido, olvidado, pero latente en tu corazón? ¿Has logrado algún objetivo que creías inalcanzable? Déjame contarte mi historia, sobre cómo logré uno de mis objetivos.
A la edad de los once años, conocí a una bella mujer. Éramos vecinos, y solíamos compartir las tardes juntos, hablando y compartiendo opiniones generales. Los días pasaban, y una extraña sensación comenzó a increpar dentro de mí. Sabía que algo no andaba bien, ya que comencé a sentir muchas ansias de verla, y compartir aún más tiempo junto a ella.
La buscaba por todas partes. Recuerdo que solía salir a la vereda, tan solo para verla y hablarle. Cuando la cruzaba por la calle, o el supermercado acompañado generalmente de mi tía, siempre pensaba lo mismo. "llévame contigo, tan solo por favor, toma mi mano y llévame contigo"
Pero mi niñez, inocencia y timidez no me  permitían decirlo. Así pasó el tiempo, hasta que mudamos, y jamás la volví a ver.
Estaba devastado, moría de ganas por volverla a ver, por estar con ella. por abrazarla y gritarle mis sentimientos por ella.
Pero la cruda realidad golpea duro. Y me recordó, que yo era menor. Nunca tuve mi primer experiencia sexual, apenas besé a unas pocas chicas ¿Cómo sería capaz de estar con una mujer como ella? Ni siquiera era de su altura, ¡y ni hablar de lo que los demás dirán!
Por tanto, tuve que reprimir aquellos tontos sentimientos, y continuar.
Once largos años transcurrieron. Hasta que la volví a ver. Seguía hermosa como siempre, con  su humor y su hablar varonil. Esta vez, estaba listo. Yo era mayor de edad, la ley no podía prohibirme estar con ella, y ya tenía experiencia en el arte de complacer una mujer.
Poco a poco mis defensas fueron cayendo, y no tuve más remedio que entregarme completamente a ella. A amarla como siempre quise. A abrazarla, besarla, tocarla.
Erróneamente me enamoré desde el principio. Desde ese primer momento en que la volví a ver. Fue una equivocación, puesto que ella no compartió mi sentir.
Una ardua y violenta lucha se libró por conquistarla, y arrancarle de sus labios las dulces palabras que tanto quería oír. Me costó mucho, pero lo logré. Ahora ella era mía, y nadie me la podía quitar. Estaba feliz, emocionado, exaltado. Vivía excitado cuando estaba con ella. ¡Quería descubrir nuevos mundos, nuevas fronteras! ¡Quería mi vida a su lado, no importaba qué! ¡Qué idiota te hace el amor!
Los días pasaron, rápidos a su lado, lentos a lo lejos. Visitarla, se sentía como la primera experiencia sexual de toda persona. La timidez abrumaba en mi. Pero al darle el tierno beso, la alegría y la felicidad inundaban mi ser. Cada fibra de mi cuerpo me susurraba que estaba verdaderamente enamorado de ella.
Pero, todo llegó a su fin por una estúpida discusión. Un maldito mal entendido. Ella terminó nuestra relación.
Mi cuerpo no quería respirar. Mis sentidos opacaron, y mis lagrimas no cesaban. Estaba devastado por esas palabras. Intenté continuar mi vida, y como siempre, cambié el dolor, por el odio. Alimenté esa profunda herida con fuego.
Comenzó a hablarme nuevamente, y no entendía lo que queria.
A causa del odio, buscaba que me pida perdón arrodillada a mis pies.
Logré tomar las fuerzas necesarias, y me dirigí hacia su hogar.
Cuando abrió la puerta, lo hizo con la cabeza gacha, mirándome por lo bajo y susurró un saludo.
La miré sobrante, lleno de cólera, y entré. Trató de calmar mi dolor, pero yo no lo permitía. Estaba herido como perro en la calle.
La noche llegó, y era el momento de estar juntos. Cuando me besó, sentí como si una daga hubiese atravesado mi pecho y giraba ahí dentro. El dolor era insoportable, pero adictivo.
Las lagrimas comenzaron a caer, e hicimos el amor, entre mis llantos ahogados. Esa noche, fue la primera vez que dormimos abrazados.
Al despertarme al otro día, me sentía mal por lo que había hecho. Yo no la amaba, se me era imposible hacerlo. Intenté con todas mis fuerzas por mucho tiempo, hasta que pude lograrlo.
Otra vez, estaba rebosante de felicidad. Moría por estar a su lado, y no quería separarme nunca. Los besos eran suaves y amorosos, y el estar juntos era cada vez mejor. Me sentía un hombre amado, contento y feliz.
Luego, todo comenzó a empeorar. Ella ya no era la misma. Comenzó a dejar de darme importancia, y prestársela a completos extraños que no pretendían cosas buenas. Le supliqué que pare. Que detenga esa locura, y que se fije en mi, en su novio. Pero no escuchaba, nunca lo hizo.
Todo mi alrededor, al contarle, me decían lo mismo."Debes dejarla, no le importas. No te merece"
Lo supe desde el comienzo, pero me negaba a aceptarlo. Ella era mía, y no permitiría que nadie me la quite. Me juraba que no estaba con nadie, y que me amaba. Pero sus palabras no eran convincentes, tampoco sus actos.
Poco a poco todo empeoró aún más, y estúpido de mi, que me negaba a dar crédito a lo real. Ella ya no me amaba, volvió a mi lado por arrepentimiento, pero no me amaba.
Una noche, tuvimos una horrible discusión. Nuestra última pelea.
Desde esa noche, mis ganas de verla murieron, más no mi amor.
Intenté obligarme a ir a su hogar, pero no podía, era inútil. Por más que lo intentase, no podía.
El día llegó, y nuestra historia, conoció su final.

Querido lector. Quiero que sepas que aún la extraño, y que deseo con todas mis fuerzas que ese desenlace nunca hubiese ocurrido.
Pero a veces, el destino nos juega una cruel jugada.