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The Fall


When life takes everything away from you, your friends, all that you ever wanted, everything that you build with blood in your hands. And you don't have a shoulder to rest your tears, or a comfortable voice to silence your cries, your life falls down.
You feel alone, and you start to scream so hard, so loud, until the last breath, "HELP!" , "Please, someone help me!"
But....no one listen.
you want love, but you can't find it.
You want to be happy again. Laugh like the way you used to. But you Can't.
Then, you reach the bottom. And no matter how hard you try, You can't leave it.

That's when you desperately search for friends, for anyone who in the past was always there for you.
That someone who, no matter what, he or she loved you. and was always by your side.
And by blindness, you betray that person.
Now, you recognize that it was the biggest mistake in your life.


I loved her...so much.
But now she's gone. And I cannot reach her. Not any more.

I'm so lost and confused. So angry, So Sad, decaying over and over again.

It feels like the fall from Alice, but this one never ends.
There's no clocks, there's no carpets, there's nothing!
It's the oblivion!

Everyday that pass I try to make thing's better. But there's no escape from this, I keep Falling.

But then, I realize this.
It was so simple, It was always right in front of me and I didn't see it! It was the solution to all of my problems!
Just say "To hell with it" And Keep Moving forward.
It's easy to say, but hard to do. But believe me, It is the only way.

Sometimes, shit must happened to see things clearly.
I was fooled over and over again by the same people.
The same shitty lame over and over.
No more, not anymore.
Make your own life, be everything what you want it to be.
The final solution to all of this problems, its to think in yourself.
Remember the past like something funny, and Keep moving forward.
Life doesn't end here.
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Los monstruos también lloran

Una noche, como era de costumbre al finalizar su trabajo, Frankie fue al bar de la calle muerte. Donde siempre se encontraba con los mismos rostros, sus amigos de toda la vida. Al entrar al lugar, allí estaban ellos esperándolo, sentados en la barra, hablando con Gardira, el barman.
Los típicos monstruos de cada día: Menelao, Brutaro, Killroy, y Enkelados. Todos comentaban como estuvo su trabajo, y reían a carcajadas del susto de sus victimas. Trabajaban de día, de tarde o de noche. En lugares extraños, y casi no transcurridos. O cuando querían gastar una buena broma, iban a la casa de alguna familia, a espantar a todos los que allí vivieran.
El que más asustaba de todos, era Enkelados. Ya que era el mas grande, y el mas feo. Pero era el monstruo más adorable de todos. Tenía una esposa, y dos espantosas hijas, Sirena y Medusa.
Frankie era el mas fuerte de todos. Tenía un corazón negro como el carbón. Y hasta que sus victimas no se desmayaran, el no dejaba de asustarlas. Siempre ríe con sus amigos, al recordar cuando persiguió a aquella muchacha desnuda por toda la casa, mostrándole sus afiladas garras. El siempre volvía alegre por sus cazas. Pero esta vez fue algo muy distinto. Entro al bar pálido, asustado. Y con lágrimas en los ojos.

- Oye Frankie, ¿que te paso? ¡Estas pálido como un fantasma! - Dijo Gardira.
- Si es verdad, - Continúo Menelao - y ¿Que es eso que te sale de los ojos? ¿Estas llorando?

Frankie se sentó al lado de Enkelados, se aferro fuertemente la cabeza y empezó a llorar a los gritos.
- ¡No quise hacerlo! - Gritaba - ¡El me lo pidió! ¡Ese muchacho me lo pidió!
Gardira le alcanzo un vaso de agua podrida, y Frankie la tomo en cuestión de un segundo.

Enkelados abrazo a Frankie y lo contuvo. Brutaro y Killroy no sabían si les estaba gastando una broma, no sabían si reírse, o preocuparse por su amigo.

- Cálmate, Frankie - Dijo Killroy - Cuéntanos, ¿que paso?
- Anda cuéntanos, ¡El suspenso me esta matando! – grito Brutaro.

- En un momento, chicos. Tan solo déjenme ir al baño a lavarme el rostro, y les contare todo.

Al llegar al baño, Frankie se encerró en el. Y se quedo largo tiempo mirándose al espejo. Abrió la canilla, y al bajar la vista, vio sus manos y sus garras llenas de sangre. Asustado, las metió bajo el agua y empezó a frotárselas desesperadamente. Ver toda esa sangre salir con el agua, lo hizo recordar a lo que sucedió. Y no pudo contener el llanto. Las imágenes y las palabras lo atormentaban. Y el, no podía dejar de pensar en ello.
Estuvo un largo rato metido ahí adentro. Y para cuando salio, Enkelados lo estaba esperando en la puerta.

- Frankie – Dijo Enkelados, preocupado - ¿Estas bien? Me estas asustando. ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué estas así?

- Hice algo terrible, Enkelados. – Dijo Frankie – Algo horrible. Y no puedo quitármelo de la cabeza.

-Ven, vamos con los muchachos – Dijo Enkelados – Te tomas una cerveza de gusano, y nos cuentas que te ha pasado.

Lo escoltó hasta la barra, abrazándolo para que no se caiga. Frankie no dejaba de agarrarse el rostro, sus lágrimas no cesaban.
Cuando llegaron allí, los demás callaron. Gardira le dio un vaso de Cerveza de gusano y le dijo amablemente.

- Frankie, Cuéntanos, ¿Quieres? Somos tus amigos, sabes que te vamos a escuchar. Sea lo que hayas hecho, estamos seguros que habrá sido por una razón.

- Hoy… he matado a una persona. – Dijo Frankie -
Todos quedaron callados. No podían creer lo que escucharon.

- No nos vengas con chistes – Dijo Killroy -

- ¡No es ningún chiste! ¿Acaso crees que les estoy mintiendo? ¡He matado a una persona! Mate a un muchacho… - Frankie lloraba inconsolablemente. Sus lágrimas habían formado una rebelión, y ahora estas escapaban de su rostro.

Enkelados lo abrazo fuertemente. Los demás solo podían preocuparse por la seriedad de esas palabras. Gardira poso una mano sobre la cabeza de Frankie y le dijo.
- Cuando te mejores, cuéntanos. Queremos saber que paso. Por el momento, solo tomate un trago y respira profundo.

Frankie bebió la cerveza y empezó a tranquilizarse. Y comenzó su relato.

- Todo fue hace unas pocas horas. Estaba caminando por el bosque, contemplando la luna llena, el cantar de los árboles, el zumbido del viento. Era un clima perfecto, así que me recosté sobre un tronco y me dormí. Me despertó el llanto de una persona, no muy lejos de donde yo estaba. Me escondí detrás de los árboles y empecé a oler para saber donde estaba exactamente. Y resulto ser que no estaba a más de 50 pasos de donde estaba yo.
Me acerque, muy despacio y pude verlo con total claridad. Era un muchacho joven, seguramente tenia alrededor de unos 25 años. Estaba sentado sobre una roca, insultándose, y tomando mucho alcohol.
Pensé que seria una buena oportunidad para asustarlo. Así que me escondí detrás de los árboles y comencé a emitir sonidos para darle miedo. Pero no resulto, el continuaba tomando. Me enoje por tal ignorancia, así que le gruñí con muchas fuerzas. El se percato de mi presencia, y solo dijo “¿Quién demonios eres? ¡Que te den por culo, cabron!

Escucharle insultarme me hizo enojar más aun. Por lo que corrí hacia el, y le grite en el rostro. Pero el solo me vio, y me dijo “Ah, eres tu”

No se asusto, ¡no hizo nada! Le gruñí una vez mas, y dijo “Deja de gritarme, estupido. Puedo verte, no soy ciego.”

Y fue cuando le hable.

- ¿Cómo es posible que no te hayas asustado? -
- Mira, no se quien diablos eres. Pero por favor, déjame en paz.

Iba a retirarme, fue la primera vez que alguien no se asustaba de mí. Y en el momento en el que comencé a caminar, lo escuche llorar.

- Oye, ¿Qué te pasa? – Dije.

-He perdido todo. No soy nadie. Mi vida esta arruinada, he fallado.

-¿Fallado? ¿Qué quieres decir con que has fallado?

- He perdido al amor de mi vida. A la mujer que ame durante muchos años.

-¿Esta muerta?

- No. Ya no la amo, ya no puedo hacerlo. Creí que esto nunca podría pasarme, pero me paso, viejo. Y no puedo hacer nada por recuperar ese amor. Lo he intentado todo, créeme. Pero no pude, todo fue en vano. Intente darle hasta lo que no tenía, Intente arrancarle sonrisas del rostro, para enamorarme una vez más de ella. Si tan solo pudieses verla. Ella es hermosa. Y su sonrisa…cada vez que me sonreía, me hacia feliz. Ella era mi vida, y…yo ya no la amo.
Ahora mi vida no tiene un sentido si no es con ella. No se que hacer sin ella. Todos mis planes eran a su lado, yo esperaba a que ella este conmigo para el resto de nuestros días. ¡Hasta pensaba en tener familia!

- ¿Desde cuando empezaste a sentir estas cosas?

- Desde hace un tiempo. ¿Por qué tuvo que sucederme esto a mí? ¡Éramos tan felices! ¿Por qué? ¿Por qué no puedo amarla?

- Este tema no se me es familiar – le dije – Yo no se nada sobre el amor, eso es algo muy ajeno en mi. No se que decirte, lo siento.

- ¿Eres un monstruo, verdad? ¿Haz venido a matarme?

- ¿Matarte? ¿De que estas hablando?

- Da igual. ¿Cómo te llamas? Es decir, ¿Tienen nombres? – Pregunto.

- Si, es Frankie.

- Hershel.

Me sentía raro hablándole. Pero el estaba triste. Y de alguna manera lograba conmoverme. Se que hablarle a los humanos esta fuera del protocolo, pero este tipo hizo que no me importase el protocolo. Me preocupaba.

- ¿Alguna vez haz estado enamorado, Frankie? –continuó -

- No.

- Suerte para ti. Hazte un favor, no lo hagas. Solo te traerá problemas. Créeme, se de que te hablo.

- ¿Problemas? ¿Qué tipo de problemas?

- Te romperá el corazón, Frankie. Y nunca lo podrás reparar otra vez.

- Cuéntame, Hershel. ¿Que ha pasado? Tiene que haber una explicación.

- No la hay. Es algo tan simple como lo que te dije. Deje de amarla. Es tan simple como eso. No se como, ni por que. Pero es así. No pude volver a amarla. Ya no quiero vivir más. Oye, ¿Podrías hacerme un favor?

- Supongo. No tengo que hablar con humanos, pero si queda entre nosotros, si. ¿Por qué no?

- Te aseguro que me lo llevare a la tumba. ¿Puedes matarme?

- ¡¿Qué!?

- Lo que escuchaste. ¡Por favor, hazlo, no quiero vivir más, tú no sabes lo que es estar así!

- Escucha lo que estas diciendo. No puedes renunciar a la vida por esto.

- ¡Mi vida era ella, Frankie! ¡Ella era todo para mí! ¡Y ya no la tengo más! ¡¡Ya no puedo amarla!!

Comenzó a llorar como un bebe, y no podía parar. Clavaba sus manos sobre el pecho, como si quisiera abrírselo. Maldecía, se tiraba del pelo.

- Por favor Frankie, ¡Tú no sabes lo que es que te duela el corazón! ¡Por favor quítamelo! ¡Acaba con mi agonía! ¡Por lo que mas quieras, por favor hazlo!

- No puedo, nunca he matado a una persona. No me pidas que haga esto.

- ¡¡Por favor!! ¡¡Libérame de mi agonía!! ¡¡Arráncame el puto corazón!! ¡¡No quiero vivir mas así  Frankie!! ¡Tu no sabes lo que es tener este dolor y no poder quitarlo con nada! ¡No tienes idea de lo cuan doloroso que es! ¡Por favor, tan solo arráncame el maldito corazón.  No quiero...ya no quiero tenerlo mas. ¡¡Por favor, libérame!! – gritaba y lloraba sin cesar.

Esas palabras...el dolor que estaba sufriendo. No podia aguantarlo, no podia verlo asi. ¡Sentia pena por el! Comencé a llorar. La primera vez en mi vida que derramaba lagrimas. Ese muchacho me entristeció hasta el alma.
Lo recosté sobre el pasto. El solo lloraba y me miraba a los ojos. Y no paraba de decirme “por favor, hazlo”

Entonces no lo pensé. Tenia que acabar con el dolor de este chico. Le atravesé el pecho con mis garras y le quite el corazón.
El estaba sonriéndome, ya no lloraba. Ahora solo…sonreía. Lo ultimo que me dijo antes de morir, fue “Gracias” Y luego recostó su cabeza para no levantarla jamás.
Parecía dormido, con una sonrisa eterna en el rostro. Ahora estaba en paz.

Yo no podía parar de llorar. No se por que, pero me dolía el pecho. Estaba impactado, nunca mate a una persona. Nunca estuvo en mis principios, pero verle a este chico, con todo su sufrimiento… no podía dejarlo. Tenia que ayudarle. No sabia que hacer con el, así que lo oculte con unas hojas, y vine aquí.

Gardira, Menelao, Killroy, Brutaro y Enkelados estaban atónitos. Frankie volvió a llorar.

- ¿Donde dejaste el cuerpo? – Pregunto Menelao.

- En el bosque, ¿Por qué?

Todos se miraron entre si, y a su vez asintieron.

- Iremos a sepultarlo – Dijo Gardira.

Así fue como Frankie los condujo hasta donde estaba el chico. Y tenia esa sonrisa serena y tranquila que tanto dijo Frankie.
Todos comenzaron a hacer un hoyo en el suelo, y cuando terminaron, todos tomaron el cuerpo y muy despacio lo pusieron dentro de el.

Frankie tiro un puñado de Tierra, y los demás comenzaron a tapar el agujero.

Frankie ya no lloraba. En cambio, solo miraba al cielo y sonreía. Recordaba a ese muchacho. Y sabía que lo recordaría por el resto de su vida.
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El adios

Una propuesta.
Una sonrisa.
Un beso.
Una caricia.
Un “Te amo”
Y un adiós.

Todo así tiene un principio, y un final. 
Así también como mi amor en el día de hoy. Lo se, no hace falta aclararlo. Soy un estupido, lo se. No soy capaz de mantener una relación, un compromiso.

Pero tal vez no es eso lo que me este pasando.

Todas aquellas cosas que te dije, todas son verdaderas. O al menos lo fueron en su momento. Todos esos felices momentos que compartimos, cuan hermosos fueron. Y Dios sabe que en mi memoria quedaran para siempre.
Pero debo confesar que todo tiene un final. Tarde o temprano, siempre la muerte nos llega. En todos y cada uno de los aspectos. La desolación, la derrota, el punto sin retorno.

Intente contener esta amarga verdad por mucho tiempo ya. Pero no importaba que era lo intentase hacer. Solo lograba retrasar lo inevitable. La ruptura de esta relación.

Por más que haya intentado, no pude. Por más que haya rechazado este pesar, este siempre consiguió la manera de irrumpir en mi mente, y tomar control de ella.
Es la verdad, la pura y dolorosa verdad. Ya no te amo. Ya no más.

Estuve pensando, si alguna vez sentí cosquillas en la panza junto a ti. Y honestamente, creo que no. Si te ame como jamás imagine. Todos esos sentimientos fueron tan puros y fuertes, que no podía vivir sin ti. Ni un segundo de mis días. Mis sentimientos por ti fueron puros, fuertes, verdaderos. Mi vida no conseguía continuar sin ti.

Pero las cosas salieron mal. Por X motivo, deje de pensar en ti. De sentirte, de amarte.

Aun así diga estas cosas, como contradicción, yo si te amo. Pero no a la altura que tú me amas. Aunque nunca estuve seguro de tu amor. Lamento admitirlo, pero es así.

Te amo tanto, que no logro poder quitar de mi mente el hecho de que estuviste con otras personas. Es un egoísmo profundo que tengo contigo. No soporto el verte con otras personas, no soporto que hables con otras personas.
Te quiero solo para mí, y para nadie más que mí. No quiero que tengas relación con el mundo. No quiero que tengas amigos. No quiero que hables con las personas con las que estuviste en la cama, o besaste.
Te quiero solo para mí, y únicamente que para mí. Eres mi mayor tesoro. El más brillante, el más preciado. El más maldito.
Reconozco que esto es una enfermedad. Así también como lo es el amor en si.
El amor es malo, nunca lleva a lo bueno.
El amor siempre conlleva a lo malo, al fracaso rotundo.

No puedes ser feliz conmigo, por más que lo intentes. Por más que lo intentemos, nunca podrás ser feliz. Mejor dicho, nunca seremos felices.
Te amo, pero no puedo estar contigo.
Como dije antes, no soporto la idea de que puedes estar con otras personas. Y a la vez, pienso que TIENES que estar con otras personas. Personas mejores que yo. Debes amar a otras personas. Disfrutar de tu vida, así como yo quiero disfrutar de la mía. Pero solo.
No necesito a alguien a mi lado para disfrutar de mi vida. Quiero hacerlo solo. Conocer a muchas personas, y perder a muchas otras. Entender las derrotas, y las victorias. Comprenderlas, y aprender de ellas.

Quiero estar solo por mucho tiempo. No quiero a nadie a mi lado. No necesito a nadie a mi lado. Si mi vida depende de la soledad, entonces la recibiré con brazos abiertos. Añoro por ella.

Ya no soporto hacerte sufrir. Ya no puedo escuchar tus lágrimas sobre el teléfono. No puedo soportar tu mal humor, que soy yo el que lo provoca.
Tienes que entenderlo. Tienes que dejarme ir. Te lo pido, al menos, como un último favor.

Debes saber que te amo. Pero a su vez, no estoy seguro de este sentimiento.
Eres mi todo. Mis peores frustraciones, mis mejores sonrisas.

Eres mi primer amor. Lo fuiste, pero ya no lo eres. Lamento que leas esto, pero es lo que no consigo decirte.



Ya los días son amargos, y no consigo sonreír. Tengo que ocuparme de ti, cuando no quiero hacerlo. Maldigo el día en que mis sentimientos me traicionaron.

El destino quiso que nos encontremos, que estemos juntos, que lloremos a la par, que riamos, sonriamos, que nos amemos.
Pero al parecer por un tiempo limitado, al menos, por mi parte.

Ya no te amo. No como lo hacia antes. Y lamento mucho que todo esto tenga que terminar así. Ojala hubiesen terminado de otra manera, algo mas pacifico. Algo más comprensible. O que mis sentimientos por ti nunca hayan muerto.
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Concerns

I’m not pretend to be someone like anybody else, or like a hell of a guy.
I don’t want to live with any pressures, or concerns or whatever does it means.

If is by me, I’ll prefer to live in loneliness. Because I don’t really like the people, you know?

Their hate, their feelings, their cries…. I don’t like that! It's so annoying!

For the whole world, I’m crazy, with my thoughts.
But for me, THEY are the crazy ones. Not me!
I can’t be the only one who thinks these things.

I’m not normal, and I don’t want it to be. Because, why do I have to be normal?
Why do I MUST be like any of the other people in this world?
Why the people do invented the word of the “Free will” If there’s no such thing!?

I like be myself, being myself is the way to stop lying.

But, no matter what I do, I’m always wrong.
There’s no point for argue with the people anymore.
My family, my friends, my girlfriend…Anybody around me!

Perhaps….if everyone is telling me the same thing over and over…. Probably is because they have the reason…

“Being like this won’t get you any further”
“You can’t be like this”
“You are wrong”
“If you think like this, then there’s no future for you”

I  hate the feelings...but I have a girlfriend, and she's nice with me....and all that stuff....what a contradiction!

I knew that life is not easy….but this? This is far more that I can take!
I’m so tired of this!
Well…I'm sick and done of this crap.
If everybody want me to change, then so be it!

I don’t know if I may like myself after this…probably not…but hey! What the fuck? Who fucking cares!

I’m having a great time here, folks LOL

Well…that’s the end of the line for now.

Stay awesome!
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Ritual

"Los antiguos rituales eran realizados por religiones paganas, en bosques nutridos por todo tipo de arboles, y con un centro muerto.
Para que el ritual sea exitoso, la luna tenia que estar en lo alto del cielo, y un hijo bastardo debía nacer, tras matar a su madre en el parto. Era mas una tradición, como la muerte de un gitano.
Todos los pueblerinos se juntaban a celebrar en dicho centro muerto del bosque. La atípica preparación se sostenía durante 5 horas de arduo y rápido trabajo. En el, alrededor de veinte personas debían arar la tierra, talar arboles, armar una gran fogata detrás de un altar, y reunir las condiciones necesarias.
En el pueblo, el resto de la gente se encargaba de juntar la comida, los sacrificios y las bebidas. El recién nacido, mientras tanto, era amamantado por distintas mujeres, para dejarlo satisfecho, y para que tenga una parte de ellas en su organismo.

Al caer el sol, todos cerraban las puertas y ventanas, y dejaban una vela encendida en la entrada del hogar, para espantar espíritus vengativos, o rencorosos.

A la medianoche, se juntaban todos en la plaza central, y desde ahí, a paso lento de caravana, caminaban cantando y riendo.
Al llegar al centro muerto, al altar, se sentaban junto o cerca de la fogata.
Entre todos se compartían los víveres. Los adultos se emborrachaban, cantaban y bailaban. Los mas pequeños correteaban por doquier, o escuchaban viejas historias que algún anciano les contaba.
El recién nacido, era atendido por turnos por ancianas o mujeres jóvenes y bellas, quieren al terminar su turno, eran atendidas sexualmente por jóvenes de entre 18 a 25 años, ya que su esperma es mas fuerte.
En esta fiesta no solo se celebraba un nacimiento, si no también se decía que incrementaba la fertilización.

Avanzada la noche se producían obras representando la vida del dios Baco.
También los guerreros de la aldea peleaban entre si, y algunos morían por accidentes. Y aunque esto sucedía, no impedía que la celebración continuara.

De a poco se empezaban a ofrecer los sacrificios. Fornidos bueyes, vacas, ovejas, terneros y pavos reales. Todos eran desguellados y su sangre era bebida por los pueblerinos desde un cáliz plateado. Lo poco que quedaba, era echado al fuego junto con los cadáveres.

Ya avanzada la noche, se celebraba el comienzo de la ceremonia donde todos se desnudaban y aullaban cual animal en celo. De esta forma, la fogata se incrementaba, y gritando, pedían por el Dios de la Cosecha, y su esposa, la Diosa de la Vida. Efectuando correctamente el ritual, ambos dioses se presentaban ante todos, y cada uno era bendecido por ellos.

Acto seguido, comenzaban los juegos de caza. Donde se reunía a los mas fuertes y puros entre hombres y mujeres, y debían jugar a las escondidas con los Dioses. Pero este juego tenia consecuencias desastrosas. Si eran descubiertos, eran devorados, y su alma no podría renacer hasta dentro de un siglo. Y se decia que vivirían entre los demás dioses, como sirvientes, acatando todos sus caprichos.

En el campamento, todos mantenían relaciones sexuales en una orgía inmensa. Las mujeres de bello cuerpo y grandes pechos, eran violadas por los jóvenes.
Una vez terminado el juego, los dioses y los sobrevivientes volvían victoriosos para marcharse a su hogar.
El hijo bastardo era tomado por los dioses y llevado con ellos.
Para que crezca en familia, y con tiempo, ser devorado por ellos."
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Un viejo amor

El antiguo reloj del pasillo marco las 12:00 AM. El ruido se hizo escuchar por todas las aulas.
En una de ellas, en el aula A-6 Estaban ellas dos. Despertaron con un dolor de cabeza horrible, y gemían del dolor.
Lentamente, y sosteniéndose la frente, Solange se incorporo apoyándose sobre un banco. Era Blanca como la hermosa luna, y el pelo negro como la noche. Se pregunto donde estaba, y tras recordar, se dio cuenta que estaba en su escuela primaria.
Cerca de donde ella estaba, también se incorporo Nadia. Su amiga de la infancia. Y ambas se hicieron otra vez la misma pregunta. -¿Que hacemos aquí? -

Salieron del aula y recorrieron los pasillos buscando al conserje, o a alguien que pueda ayudarlas. Pero no encontraron a nadie. El edificio estaba completamente vacío, y casi parecía estar abandonado.

Ambas estaban asustadas de muerte. Por más que gritaban, no recibían respuesta alguna.
Fueron al baño, a mojarse el rostro para saber si era una pesadilla.
Fue así lo que hicieron, y Nadia no quiso mojarse las manos. Por lo que espero a Solange en la puerta.
Solange se inclino sobre el lavamanos, abrió la canilla, y mojando sus manos, también mojo su rostro.
Cuando levanto la vista, detrás de ella estaba parada una figura terrorífica.
Al darse vuelta pudo ver con mas claridad, que era un hombre, o lo que quedaba de el.

No tenía vestimenta, y su piel estaba como derretida. Podían verse todos sus órganos, y su sangre saliendo de ellos. Tenía ganchos colgando de sus brazos, como si hubiese sido colgado y despellejado vivo, o quemado.
 Trato de atraparla, pero en un mero reflejo, Solange se agacho y salio corriendo gritando.
Aquella bestia también grito, pero de ira.
Solange tomo la mano de Nadia y corrieron por todo el colegio, buscando la salida. Y para cuando la encontraron, esta estaba bloqueada.
Aquel hombre se acercaba rápidamente a ellas. Con cada paso que daba, sufría horriblemente. Pero parecía gozar de dicho dolor, lo disfrutaba y reía de el.
 Rápidamente, Solange y Nadia encontraron una oficina con la puerta abierta. Corrieron hacia ella, y se atrincheraron dentro. Cerrando la puerta con el cerrojo, y trabándola con un escritorio.

Nadia no podía dejar de llorar. Estaba histérica. Pero Solange, solo quería encontrar la forma de salir de allí.
Hurgando en los cajones que estaban en un gran escritorio al fondo de la oficina pudo encontrar un diario, y en el databa lo siguiente:


Marzo de 1890.

Hoy he sido honrado al recibir el titulo de director de este establecimiento. En unos días comenzaran las clases, y no puedo esperar a que llegue dicho día. Aunque debo admitir que estoy algo nervioso.
Seguiré esperando a que este día llegue, mientras tanto, disfrutare todo el tiempo posible en mi adorable hogar, con mi adorable esposa.

10 de Marzo de 1890.

Han pasado solo 10 días desde que empezaron las clases, y ya estoy asqueado de estos niños. Verlos corretear por todos lados, cantando, riendo. Con sus asquerosas manos tocando todo. Tan bien arreglados, pero tan poco educados. Los detesto.

Junio de 1890.

No hay un día que pase, en el que no deje de odiar a estos niños.

Diciembre de 1890.

Gracias a Dios que las clases terminaron. Ya no tendré que ver a estos mal nacidos.
En estas vacaciones, estaré junto a ti, hermosa esposa.

31 de Diciembre de 1890.

¿Por qué Dios me ha castigado de tal manera? ¿Por qué te alejado de mis manos? Maldito sea, ¡Maldito sea Dios! ¡Maldito sea el mundo!
OH Solange, ¿porque te haz ido? Sin ti no soy más que un pobre hombre en esta tierra maldita. Por favor, vuelve a mí.

Marzo de 1891.

¿Haz escuchado mis suplicas? Haz renacido en esta bella niña. Y se que eres tu. Mi corazón palpita de alegría una vez mas.

Agosto de 1891.

He cometido un grave error. Secuestre a la niña y ahora los padres me están buscando.
¡Soy un monstruo!
Pero ellos no entienden nuestro amor, Solange. Hasta el fin de los tiempos estaré junto a ti. Nunca te he olvidado, ni arrojado a la basura todas tus cosas.
Todavía guardo la Katana que te dio un viejo amigo Japonés.

Esta decidido. Esta noche me suicidare. Prefiero morir por mis propios medios, antes de ser la victima de esos sujetos.
Me encerrare en la sala de química, y me arrojare acido sobre el cuerpo. Nadie me reconocerá, pero seré recordado por siempre.
Hasta siempre, amor.

 Detrás del escritorio, se encontraba una vieja espada Samurai. Estaba oxidada, pero conservaba su filo. Solange la tomo, y tomando también a Nadia del brazo, salieron de la oficina del director.
Tratando de romper los tablones de la puerta delantera, el monstruo las tomo por sorpresa, y tiro a Nadia a lo lejos.
Pero al ver a Solange, solo quiso acariciarla.
Esta, por mero instinto, agito la Katana por el aire, y acertó en la mano del monstruo, cortándosela.
Este, haciendo un aullido de dolor, se aparto de ellas tomándose fuertemente la herida, y la lamia gozando del dolor.
Nadia se incorporo del suelo, y pateando la puerta, logro abrirla y juntas salieron de la escuela.

El monstruo lloraba y gritaba al verla escapar. Sabía que no la volvería a ver jamas. Empezó a arder en llamas.
 Mientras que Nadia corría pidiendo ayuda, con lágrimas en los ojos, Solange solamente quedo mirando al monstruo mientras se consumía lentamente.
 Ambos se miraban a los ojos, y por dentro, se decían viejos sentimientos
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You and me

You give me a smile,
I kissed your hands,
You give me a kiss,
I give you a Hugh.

You give me your love,
I give you my hearth,
You said "I Love You"
I Reply "Love you more".

The years goes by,
And we were well,
The sadness begun,
The anger was set.

You slept with that guy,
I couldn't stop crying,
You say you were sorry,
I Said "That's OK"

You give me a kiss,
I turn the face,
You give me a Hugh,
I stepped you away.

You started to cry,
I started to laugh,
You say that you love me,
But my love it's all gone.

I grab the knife,
And buried in your chest,
You fucked with my hearth,
I fucked with your life.
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Ojala....

¿Como debería reaccionar, al ver que todo aquello que aporte hoy en día se derrumba por un viento rebelde?
¿Como debería reaccionar, sabiendo que ese viento rebelde, es adrede?

¿Que debería pensar del mismo?

¿Es acaso una broma?

¿Es acaso un castigo?

¿Es acaso una intervención divina?

¿Intentan decirme algo?

A mas pasan las horas, mas maldigo esta esperanza nula de verte crecer.
Maldigo el día en que nací. Los segundos que respiro.

Me maldigo a mi mismo por ser tan débil. Por no poder pararme firme y alzar la voz si es necesario.
Me maldigo, y mas a ustedes.

Ojala no existieran en mi. Ojala nunca hubiesen revivido. ¡Ojala pueda enterrarlos y ahogarlos de una vez por todas!

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Triunfo


Como una tormenta en el medio del océano.
Tranquila por momentos, feroz otros tantos,
Tanto así se encuentra el amor que siento por ti.

Me encuentro navegando en esas turbias aguas durante hace mucho tiempo.
Tratando de descubrir un pedacito de tierra, en algún confín olvidado por el hombre.
Tanto me esta costando, tanto lo estoy disfrutando.

Aunque anhelo pisar tierra firme,
Tampoco quiero alejarme del agua.
Salada, fría, profunda, azul.

A veces, estas aguas empiezan a picarse tanto,
Que empiezo a hundirme en ellas.
Mi respiración se agota, y mis fuerzas huyen espantadas de mi cuerpo.

Por otras veces, también es sereno. Amigable.
Con el sol en lo alto del cielo, brillando a mi alrededor.
También, están los días y noches de furiosa tempestad.

Este mar es tan peculiar…
Me hace ahogar, desear morir.
Y por otras veces, me hace agradecer a Dios, por estar vivo.

Se que tengo futuro en el,
¿Pero a que costo? ¿Cuánto tiempo estaré en el, para encontrar la tranquilidad?
Y ¿Cuánto tiempo durara dicha tranquilidad?

Solo queda un modo de saberlo, y es saltando al vacío con los ojos vendados.
¿Qué me esperará debajo? No lo se.
¿Dolerá la caída? Espero que no.

No quiero alejarme nunca de estas aguas.
Son mi alegría, mi triunfo, mi anécdota.
Estas aguas, son todo por lo que tanto lucho. Y son mías. 
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22

A escasos minutos. A pocos momentos, decido escribir esto.
Es tarde. Y los minutos parecen querer devorar todo a su paso.

No existen palabras exactas para expresar todo lo que siento en estos pocos segundos.
Y me temo que estoy algo escaso de hechos.

Las horas más esperadas por fin están aquí. Esperando a que todo esto llegue.

Cuantas palabras escribiría en tu nombre. Cuantos poemas. Cuantas baladas.

Si...Una balada. Creo que lo mejor seria escribir una balada.
Seria algo nuevo. Algo que jamás haya hecho antes.
Intentare dar lo mejor de mí. Y plasmar a continuación todo lo que siento.


Me dejaste el corazón herido.
Y hoy en día soy un testigo del dolor.
Ya los días son negros, oscuros.
Sin sol ninguno que ilumine este pesar.

Pero tu estas allí. Esperándome.
Con tu hermosa sonrisa de miel.
Con tus dulces ojos de un mundo por descubrir.
Espere por ti mucho tiempo. Y hoy estas aquí.

Los días a tu lado son felices.
Las noches junto a ti, el paraíso.
¿Cuantos años nos deparará destino?
¿Cuantas lunas, nos besara la piel?

He tratado de decirte muchas veces.
Lo cuanto que te amo y te quiero.
Ya es tarde, nada de eso esta surgiendo.
Mis besos y caricias, llenaran esas palabras.

Te amo, tienes que entenderlo.
Eres mi vida, mi cielo y mi luna.
Eres todo, con lo que tanto he soñado.
Eres todo, mi principio y mi final.

Ya los versos, llegan a su fin.
Y la noche, ya se hace escuchar.
Mis brazos anhelan tu piel.
Y mis besos, extrañan tu sabor.

Esta vida sin ti no tendría un sentido. Todo seria una pesadilla de la cual no podría despertar.
Esta claro, ahora veo mi objetivo. Es estar a tu lado.

Te amo. Y nunca lo podré decir como es.
Te amo. Y nunca morirá este sentimiento.
Te amo. Eres todo para mí.
Te amo. Infinitamente. Te amo.
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Tormentos. Verdades. Pesadillas y paraíso.

Una tarde. Triste, mal humorado. Con el día completamente nublado.
Estaba yo bajo un árbol. Desnudo, sin hojas o flores.
Arrancando el césped que tenía a mí alrededor. Pensando. Lamentando.

Recordando viejas historias. Bellas como cuentos de niños. Amargas, como drama policial.
Tratando de curar mis heridas con hermosas anécdotas. Espantando horribles desventuras.
Evocando tus besos, tus caricias y abrazos. Maldiciendo todo lo malo. Enterrándolo en esa tierra seca.

Así estuve mucho tiempo pensando en una diversidad sin fin de cosas.
Tales como: Amor, felicidad, triunfos, y la vida misma.
Pero se me era imposible tampoco pensar en las contradicciones. Olvido, tristeza, fracaso, y muerte.

¿Cuanto tiempo abre estado allí sentado? ¿Cuantas veces eh respirado? ¿Cuantas veces mi latió mi corazón?
¿Cuanta muerte deje a mí alrededor? ¿Cuantas veces eh insultado? ¿Cuantas veces, desee estar muerto?
¿Cuantas sin fines de preguntas me eh echo, para no poder contestarlas?

Los bostezos eran cada vez mas regulares. Mis parpados pesaban. Mis fuerzas se alejaban de mi cuerpo.
La noche había llegado, y mis heridas no habían sanado. Solo me quedaba recostar mi cabeza y descansar.
Rogando a que las pesadillas no azoten mi mente. Otra vez.

Quede dormido. Y el mal sueño se hizo notar.
En el, estaba corriendo sobre el desierto. Respirando atontadamente, y con las piernas totalmente cansadas.
Mis pulmones me dolían. Mi corazón latía bruscamente, intentando encontrar la salida de su jaula.

Tenía sed. Y muy lejos de donde yo estaba, un destello de luz apareció ante mis ojos.
Mirando atentamente, note que eras vos. Y que te estabas alejando de mí. Pero a su vez, esperabas a que llegue ante ti.

Fue en ese momento, en el que mis piernas ya casi no respondían. Y tampoco mis pulmones.
Desde debajo de la arena, aparecían monstruos que querían darme muerte. Todo, para impedir que llegue hasta ti.

Cada uno, era más horrible que el otro. Tenían el rostro desfigurado, y otros eran simplemente esqueletos.
Intentaban detener mi paso. Querían ponerse en mi camino, para que no pueda encontrarte.
Pero todos me eran familiares. Los conocía, pero nunca los había visto antes.

Continué en mi aventura, para terminarla junto a ti. Sabía que tú eras mi meta, y tenia que recorrer mucho camino para terminar mi carrera.
Los monstruos gritaban, me hacían doler la cabeza. Me lastimaban, insultaban, e incluso me estrangulaban.

Yo los golpeaba. A veces me detenía para matarlos con sus propias armas. Y gritaba "váyanse"
Pero no me hacían caso, continuaban saliendo de la tierra. Continuaban queriendo arrastrarme junto a ellos. Y formar parte del olvido, del olvido y desolación.

Mas adelante entendí porque me eran tan familiares. Porque me lastimaban, y porque intentaban darme caza.
Pero no les di importancia alguna. Aunque debo admitir, que dude por mucho tiempo.
No sabía que era lo que debía hacer....si continuar...o escapar....

Continué la marcha. Estabas tan cerca, que podía escuchar tu respiración. Estabas llorando, pero con una sonrisa en los labios. Esperabas a que llegue, pero demostrabas desinterés.
Eras la dama de la aceptación, y del rechazo.

A pocos metros de donde estabas, tropecé, y caí sobre un pozo negro. Dentro de el habían muchos picas afiladas, y por mala suerte, caí sobre ellos.
Me atravesaron las piernas, los brazos, y el pecho.

Tú estabas al borde del precipicio. Mirándome. Riéndote, deseándome el peor destino.
Y a su vez, sentías pena por mí. Y rogabas a que te alcance.
Eres lo malvado, y lo bueno.

Me estaba desangrando. La agonía era insufrible, horrorosa.
Tiraste una soga, y de ella me aferre con las pocas fuerzas que me quedaban.
Jale y jale, hasta que pude separar mi cuerpo de las picas.

Llegue hacia donde tú estabas. Los monstruos ya no estaban.
Te separaste unos cuantos pasos, y me mirabas fijamente a los ojos. Con una sonrisa perversa.
Tuve que arrastrarme hacia ti.

Cansado, mal herido. Con pocos momentos de vida, llegue a tus pies.
Levante la cabeza y te vi. Toda tu maldad, todo tu odio.
Toda tu belleza, tu bondad, tus suaves labios que fueron míos.

Los anhelaba. Me pare como pude, y aferrándome a ti, te bese dulcemente. Con lágrimas en los ojos.
Llegue a decirte una frase. Todo se cubrió de una fuerte y radiante luz.
Me cegaba, pero no deje de besarte.

Junto a ti, roce la eternidad.
Y me extinguí.

Al despertarme, solo sonreí.
Y escribí un poema. Con exactamente 22 párrafos:



Que te odio.
Que te detesto.
Que eres lo malvado.
Que eres el rechazo puro.
Que eres lo último que quiero.
Que sacas lo peor de mí.
Que eres la fuente de mi odio.
Que eres lo peor.

Que eres todo lo que odio. Pero todo aquello que amo.
Que no conozco un futuro si no es a tu lado.
Que eres lo más hermoso que eh conocido.
Que no puedo vivir sin ti.
Que me haces sentir vivo.
Que eres todo lo que tanto eh deseado.
Que eres el motivo de mí existir.
Que no quiero estar un día alejado de ti.

No importa nuestro pasado.
No puede borrarse, pero si mejorarlo.
No importan nuestras heridas, ya que podemos lavarlas, y curarlas.
No importa cuantas veces tenga que repetirlo, lo haré cuantas veces sea necesario.

La vida es una sola. ¡Y que corta es!
Quiero vivir a tu lado, no importa que. Eres mi odio, y eres mi amor. Eres mi sentimiento más profundo y verdadero. El que me alegra el alma cada día, el que hace galopar este viejo corazón. Mi amor por ti es eterno. Ya lo veras, ya lo viste. Mis contradicciones suelen crear distintos términos. Pero solo es uno el verdadero. Te amo. No quiero estar sin ti. Nunca.
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La autopista del sur. Por Julio Cortázar

Al principio la muchacha del Dauphine había insistido en llevar la cuenta del tiempo, aunque al ingeniero del Peugeot 404 le daba ya lo mismo. Cualquiera podía mirar su reloj pero era como si ese tiempo atado a la muñeca derecha o el bip bip de la radio midieran otra cosa, fuera el tiempo de los que no han hecho la estupidez de querer regresar a París por la autopista del sur un domingo de tarde y, apenas salidos de Fontainbleau, han tenido que ponerse al paso, detenerse, seis filas a cada lado (ya se sabe que los domingos la autopista está íntegramente reservada a los que regresan a la capital), poner en marcha el motor, avanzar tres metros, detenerse, charlar con las dos monjas del 2HP a la derecha, con la muchacha del Dauphine a la izquierda, mirar por retrovisor al hombre pálido que conduce un Caravelle, envidiar irónicamente la felicidad avícola del matrimonio del Peugeot 203 (detrás del Dauphine de la muchacha) que juega con su niñita y hace bromas y come queso, o sufrir de a ratos los desbordes exasperados de los dos jovencitos del Simca que precede al Peugeot 404, y hasta bajarse en los altos y explorar sin alejarse mucho (porque nunca se sabe en qué momento los autos de más adelante reanudarán la marcha y habrá que correr para que los de atrás no inicien la guerra de las bocinas y los insultos), y así llegar a la altura de un Taunus delante del Dauphine de la muchacha que mira a cada momento la hora, y cambiar unas frases descorazonadas o burlonas con los hombres que viajan con el niño rubio cuya inmensa diversión en esas precisas circunstancias consiste en hacer correr libremente su autito de juguete sobre los asientos y el reborde posterior del Taunus, o atreverse y avanzar todavía un poco más, puesto que no parece que los autos de adelante vayan a reanudar la marcha, y contemplar con alguna lástima al matrimonio de ancianos en el ID Citroën que parece una gigantesca bañadera violeta donde sobrenadan los dos viejitos, él descansando los antebrazos en el volante con un aire de paciente fatiga, ella mordisqueando una manzana con más aplicación que ganas.

A la cuarta vez de encontrarse con todo eso, de hacer todo eso, el ingeniero había decidido no salir más de su coche, a la espera de que la policía disolviese de alguna manera el embotellamiento. El calor de agosto se sumaba a ese tiempo a ras de neumáticos para que la inmovilidad fuese cada vez más enervante. Todo era olor a gasolina, gritos destemplados de los jovencitos del Simca, brillo del sol rebotando en los cristales y en los bordes cromados, y para colmo sensación contradictoria del encierro en plena selva de máquinas pensadas para correr. El 404 del ingeniero ocupa el segundo lugar de la pista de la derecha contando desde la franja divisoria de las dos pistas, con lo cual tenía otros cuatro autos a su derecha y siete a su izquierda, aunque de hecho sólo pudiera ver distintamente los ocho coches que lo rodeaban y sus ocupantes que ya había detallado hasta cansarse. Había charlado con todos, salvo con los muchachos del Simca que caían antipáticos; entre trecho y trecho se había discutido la situación en sus menores detalles, y la impresión general era que hasta Corbeil-Essones se avanzaría al paso o poco menos, pero que entre Corbeil y Juvisy el ritmo iría acelerándose una vez que los helicópteros y los motociclistas lograran quebrar lo peor del embotellamiento. A nadie le cabía duda de que algún accidente muy grave debía haberse producido en la zona, única explicación de una lentitud tan increíble. Y con eso el gobierno, el calor, los impuestos, la vialidad, un tópico tras otro, tres metros, otro lugar común, cinco metros, una frase sentenciosa o una maldición contenida.

A las dos monjitas del 2HP les hubiera convenido tanto llegar a Milly-la-Fôret antes de las ocho, pues llevaban una cesta de hortalizas para la cocinera. Al matrimonio del Peugeot 203 le importaba sobre todo no perder los juegos televisados de las nueve y media; la muchacha del Dauphine le había dicho al ingeniero que le daba lo mismo llegar más tarde a París pero que se quejaba por principio, porque le parecía un atropello someter a millares de personas a un régimen de caravana de camellos. En esas últimas horas (debían ser casi las cinco pero el calor los hostigaba insoportablemente) habían avanzado unos cincuenta metros a juicio del ingeniero, aunque uno de los hombres del Taunus que se había acercado a charlar llevando de la mano al niño con su autito, mostró irónicamente la copa de un plátano solitario y la muchacha del Dauphine recordó que ese plátano (si no era un castaño) había estado en la misma línea que su auto durante tanto tiempo que ya ni valía la pena mirar el reloj pulsera para perderse en cálculos inútiles.

No atardecía nunca, la vibración del sol sobre la pista y las carrocerías dilataba el vértigo hasta la náusea. Los anteojos negros, los pañuelos con agua de colonia en la cabeza, los recursos improvisados para protegerse, para evitar un reflejo chirriante o las bocanadas de los caños de escape a cada avance, se organizaban y perfeccionaban, eran objeto de comunicación y comentario. El ingeniero bajó otra vez para estirar las piernas, cambió unas palabras con la pareja de aire campesino del Ariane que precedía al 2HP de las monjas. Detrás del 2HP había un Volkswagen con un soldado y una muchacha que parecían recién casados. La tercera fila hacia el exterior dejaba de interesarle porque hubiera tenido que alejarse peligrosamente del 404; veía colores, formas, Mercedes Benz, ID, 4R, Lancia, Skoda, Morris Minor, el catálogo completo. A la izquierda, sobre la pista opuesta, se tendía otra maleza inalcanzable de Renault, Anglia, Peugeot, Porsche, Volvo; era tan monótono que al final, después de charlar con los dos hombres del Taunus y de intentar sin éxito un cambio de impresiones con el solitario conductor del Caravelle, no quedaba nada mejor que volver al 404 y reanudar la misma conversación sobre la hora, las distancias y el cine con la muchacha del Dauphine.

A veces llegaba un extranjero, alguien que se deslizaba entre los autos viniendo desde el otro lado de la pista o desde la filas exteriores de la derecha, y que traía alguna noticia probablemente falsa repetida de auto en auto a lo largo de calientes kilómetros. El extranjero saboreaba el éxito de sus novedades, los golpes de las portezuelas cuando los pasajeros se precipitaban para comentar lo sucedido, pero al cabo de un rato se oía alguna bocina o el arranque de un motor, y el extranjero salía corriendo, se lo veía zigzaguear entre los autos para reintegrase al suyo y no quedar expuesto a la justa cólera de los demás. A lo largo de la tarde se había sabido así del choque de un Floride contra un 2HP cerca de Corbeil, tres muertos y un niño herido, el doble choque de un Fiat 1500 contra un furgón Renault que había aplastado un Austin lleno de turistas ingleses, el vuelco de un autocar de Orly colmado de pasajeros procedentes del avión de Copenhague. El ingeniero estaba seguro de que todo o casi todo era falso, aunque algo grave debía haber ocurrido cerca de Corbeil e incluso en las proximidades de París para que la circulación se hubiera paralizado hasta ese punto. Los campesinos del Ariane, que tenían una granja del lado de Montereau y conocían bien la región, contaban con otro domingo en que el tránsito había estado detenido durante cinco horas, pero ese tiempo empezaba a parecer casi nimio ahora que el sol, acostándose hacia la izquierda de la ruta, volcaba en cada auto una última avalancha de jalea anaranjada que hacía hervir los metales y ofuscaba la vista, sin que jamás una copa de árbol desapareciera del todo a la espalda, sin que otra sombra apenas entrevista a la distancia se acercara como para poder sentir de verdad que la columna se estaba moviendo aunque fuera apenas, aunque hubiera que detenerse y arrancar y bruscamente clavar el freno y no salir nunca de la primera velocidad, del desencanto insultante de pasar una vez más de la primera al punto muerto, freno de pie, freno de mano, stop, y así otra vez y otra vez y otra.

En algún momento, harto de inacción, el ingeniero se había decidido a aprovechar un alto especialmente interminable para recorrer las filas de la izquierda, y dejando a su espalda el Dauphine había encontrado un DKW, otro 2HP, un Fiat 600, y se había detenido junto a un De Soto para cambiar impresiones con el azorado turista de Washington que no entendía casi el francés pero que tenía que estar a las ocho en la Place de l’Opéra sin falta you understand, my wife will be awfully anxious, damn it, y se hablaba un poco de todo cuando un hombre con aire de viajante de comercio salió del DKW para contarles que alguien había llegado un rato antes con la noticia de que un Piper Club se había estrellado en plena autopista, varios muertos. Al americano el Piper Club lo tenía profundamente sin cuidado, y también al ingeniero que oyó un coro de bocinas y se apresuró a regresar al 404, transmitiendo de paso las novedades a los dos hombres del Taunus y al matrimonio del 203. Reservó una explicación más detallada para la muchacha del Dauphine mientras los coches avanzaban lentamente unos pocos metros (ahora el Dauphine estaba ligeramente retrasado con relación al 404, y más tarde sería al revés, pero de hecho las doce filas se movían prácticamente en bloque, como si un gendarme invisible en el fondo de la autopista ordenara el avance simultáneo sin que nadie pudiese obtener ventajas). Piper Club, señorita, es un pequeño avión de paseo. Ah. Y la mala idea de estrellarse en plena autopista un domingo de tarde. Esas cosas. Si por lo menos hiciera menos calor en los condenados autos, si esos árboles de la derecha quedaran por fin a la espalda, si la última cifra del cuentakilómetros acabara de caer en su agujerito negro en vez de seguir suspendida por la cola, interminablemente.

En algún momento (suavemente empezaba a anochecer, el horizonte de techos de automóviles se teñía de lila) una gran mariposa blanca se posó en el parabrisas del Dauphine, y la muchacha y el ingeniero admiraron sus alas en la breve y perfecta suspensión de su reposo; la vieron alejarse con una exasperada nostalgia, sobrevolar el Taunus, el ID violeta de los ancianos, ir hacia el Fiat 600 ya invisible desde el 404, regresar hacia el Simca donde una mano cazadora trató inútilmente de atraparla, aletear amablemente sobre el Ariane de los campesinos que parecían estar comiendo alguna cosa, y perderse después hacia la derecha. Al anochecer la columna hizo un primer avance importante, de casi cuarenta metros; cuando el ingeniero miró distraídamente el cuentakilómetros, la mitad del 6 había desaparecido y un asomo del 7 empezaba a descolgarse de lo alto. Casi todo el mundo escuchaba sus radios, los del Simca la habían puesto a todo trapo y coreaban un twist con sacudidas que hacían vibrar la carrocería; las monjas pasaban las cuentas de sus rosarios, el niño del Taunus se había dormido con la cara pegada a un cristal, sin soltar el auto de juguete. En algún momento (ya era noche cerrada) llegaron extranjeros con más noticias, tan contradictorias como las otras ya olvidadas, No había sido un Piper Club sino un planeador piloteado por la hija de un general. Era exacto que un furgón Renault había aplastado un Austin, pero no en Juvisy sino casi en las puertas de París; uno de los extranjeros explicó al matrimonio del 203 que el macadam de la autopista había cedido a la altura de Igny y que cinco autos habían volcado al meter las ruedas delanteras en la grieta. La idea de una catástrofe natural se propagó hasta el ingeniero, que se encogió de hombros sin hacer comentarios. Más tarde, pensando en esas primeras horas de oscuridad en que habían respirado un poco más libremente, recordó que en algún momento había sacado el brazo por la ventanilla para tamborilear en la carrocería del Dauphine y despertar a la muchacha que se había dormido reclinada sobre el volante, sin preocuparse de un nuevo avance. Quizá ya era medianoche cuando una de las monjas le ofreció tímidamente un sándwich de jamón, suponiendo que tendría hambre. El ingeniero lo aceptó por cortesía (en realidad sentía náuseas) y pidió permiso para dividirlo con la muchacha del Dauphine, que aceptó y comió golosamente el sándwich y la tableta de chocolate que le había pasado el viajante del DKW, su vecino de la izquierda. Mucha gente había salido de los autos recalentados, porque otra vez llevaban horas sin avanzar; se empezaba a sentir sed, ya agotadas las botellas de limonada, la coca-cola y hasta los vinos de a bordo. La primera en quejarse fue la niña del 203, y el soldado y el ingeniero abandonaron los autos junto con el padre de la niña para buscar agua. Delante del Simca, donde la radio parecía suficiente alimento, el ingeniero encontró un Beaulieu ocupado por una mujer madura de ojos inquietos. No, no tenía agua pero podía darle unos caramelos para la niña. El matrimonio del ID se consultó un momento antes de que la anciana metiera las manos en un bolso y sacara una pequeña lata de jugo de frutas. El ingeniero agradeció y quiso saber si tenían hambre y si podía serles útil; el viejo movió negativamente la cabeza, pero la mujer pareció asentir sin palabras. Más tarde la muchacha del Dauphine y el ingeniero exploraron juntos las filas de la izquierda, sin alejarse demasiado; volvieron con algunos bizcochos y los llevaron a la anciana del ID, con el tiempo justo para regresar corriendo a sus autos bajo una lluvia de bocinas.

Aparte de esas mínimas salidas, era tan poco lo que podía hacerse que las horas acababan por superponerse, por ser siempre la misma en el recuerdo; en algún momento el ingeniero pensó en tachar ese día en su agenda y contuvo una risotada, pero más adelante, cuando empezaron los cálculos contradictorios de las monjas, los hombres del Taunus y la muchacha del Dauphine, se vio que hubiera convenido llevar mejor la cuenta. Las diarios locales habían suspendido las emisiones, y sólo el viajante del DKW tenía un aparato de ondas cortas que se empeñaba en transmitir noticias bursátiles.. Hacia las tres de la madrugada pareció llegarse a un acuerdo tácito para descansar, y hasta el amanecer la columna no se movió. Los muchachos del Simca sacaron unas camas neumáticas y se tendieron al lado del auto; el ingeniero bajó el respaldo de los asientos delanteros del 404 y ofreció las cuchetas a las monjas, que rehusaron; antes de acostarse un rato, el ingeniero pensó en la muchacha del Dauphine, muy quieta contra el volante, y como sin darle importancia le propuso que cambiaran de autos hasta el amanecer; ella se negó, alegando que podía dormir muy bien de cualquier manera. Durante un rato se oyó llorar al niño del Taunus, acostado en el asiento trasero donde debía tener demasiado calor. Las monjas rezaban todavía cuando el ingeniero se dejó caer en la cucheta y se fue quedando dormido, pero su sueño seguía demasiado cerca de la vigilia y acabó por despertarse sudoroso e inquieto, sin comprender en un primer momento dónde estaba; enderezándose, empezó a percibir los confusos movimientos del exterior, un deslizarse de sombras entre los autos, y vio un bulto que se alejaba hacia el borde de la autopista; adivinó las razones, y más tarde también él salió del auto sin hacer ruido y fue a aliviarse al borde de la ruta; no había setos ni árboles, solamente el campo negro y sin estrellas, algo que parecía un muro abstracto limitando la cinta blanca del macadam con su río inmóvil de vehículos, Casi tropezó con el campesino del Ariane, que balbuceó una frase ininteligible; al olor de la gasolina, persistente en la autopista recalentada, se sumaba ahora la presencia más ácida del hombre, y el ingeniero volvió lo antes posible a su auto. La chica del Dauphine dormía apoyada sobre el volante, un mechón de pelo contra los ojos; antes de subir al 404, el ingeniero se divirtió explorando en la sombra su perfil, adivinando la curva de los labios que soplaban suavemente. Del otro lado, el hombre del DKW miraba también dormir a la muchacha, fumando en silencio.

Por la mañana se avanzó muy poco pero lo bastante como para darles la esperanza de que esa tarde se abriría la ruta hacia París. A las nueve llegó un extranjero con buenas noticias: habían rellenado las grietas y pronto se podría circular normalmente. Los muchachos del Simca encendieron la radio y uno de ellos trepó al techo del auto y gritó y cantó. El ingeniero se dijo que la noticia era tan dudosa como las de la víspera, y que el extranjero había aprovechado la alegría del grupo para pedir y obtener una naranja que le dio el matrimonio del Ariane. Más tarde llegó otro extranjero con la misma treta, pero nadie quiso darle nada. El calor empezaba a subir y la gente prefería quedarse en los autos a la espera de que se concretaran las buenas noticias. A mediodía la niña del 203 empezó a llorar otra vez, y la muchacha del Dauphine fue a jugar con ella y se hizo amiga del matrimonio. Los del 203 no tenían suerte; a su derecha estaba el hombre silencioso del Caravelle, ajeno a todo lo que ocurría en torno, y a su izquierda tenían que aguantar la verbosa indignación del conductor de un Floride, para quien el embotellamiento era una afrenta exclusivamente personal. Cuando la niña volvió a quejarse de sed, al ingeniero se le ocurrió ir a hablar con los campesinos del Ariane, seguro de que en ese auto había cantidad de provisiones. Para su sorpresa los campesinos se mostraron muy amables; comprendían que en una situación semejante era necesario ayudarse, y pensaban que si alguien se encargaba de dirigir el grupo (la mujer hacía un gesto circular con la mano, abarcando la docena de autos que los rodeaba) no se pasarían apreturas hasta llegar a Paría. Al ingeniero lo molestaba la idea de erigirse en organizador, y prefirió llamar a los hombres del Taunus para conferenciar con ellos y con el matrimonio del Ariane. Un rato después consultaron sucesivamente a todos los del grupo. El joven soldado del Volkswagen estuvo inmediatamente de acuerdo, y el matrimonio del 203 ofreció las pocas provisiones que les quedaban (la muchacha del Dauphine había conseguido un vaso de granadina con agua para la niña, que reía y jugaba). Uno de los hombres del Taunus, que había ido a consultar a los muchachos del Simca, obtuvo un asentimiento burlón; el hombre pálido del Caravelle se encogió de hombros y dijo que le daba lo mismo, que hicieran lo que les pareciese mejor. Los ancianos del ID y la señora del Beaulieu se mostraron visiblemente contentos, como si se sintieran más protegidos. Los pilotos del Floride y del DKW no hicieron observaciones, y el americano del De Soto los miró asombrado y dijo algo sobre la voluntad de Dios. Al ingeniero le resultó fácil proponer que uno de los ocupantes del Taunus, en que tenía una confianza instintiva, se encargará de coordinar las actividades. A nadie le faltaría de comer por el momento, pero era necesario conseguir agua; el jefe, al que los muchachos del Simca llamaban Taunus a secas para divertirse, pidió al ingeniero, al soldado y a uno de los muchachos que exploraran la zona circundante de la autopista y ofrecieran alimentos a cambio de bebidas. Taunus, que evidentemente sabía mandar, había calculado que deberían cubrirse las necesidades de un día y medio como máximo, poniéndose en la posición menos optimista. En el 2HP de las monjas y en el Ariane de los campesinos había provisiones suficientes para ese tiempo, y si los exploradores volvían con agua el problema quedaría resuelto. Pero solamente el soldado regresó con una cantimplora llena, cuyo dueño exigía en cambio comida para dos personas. El ingeniero no encontró a nadie que pudiera ofrecer agua, pero el viaje le sirvió para advertir que más allá de su grupo se estaban constituyendo otras células con problemas semejantes; en un momento dado el ocupante de un Alfa Romeo se negó a hablar con él del asunto, y le dijo que se dirigiera al representante de su grupo, cinco autos atrás en la misma fila. Más tarde vieron volver al muchacho del Simca que no había podido conseguir agua, pero Taunus calculó que ya tenían bastante para los dos niños, la anciana del ID y el resto de las mujeres. El ingeniero le estaba contando a la muchacha del Dauphine su circuito por la periferia (era la una de la tarde, y el sol los acorralaba en los autos) cuando ella lo interrumpió con un gesto y le señaló el Simca. En dos saltos el ingeniero llegó hasta el auto y sujetó por el codo a uno de los muchachos, que se repantigaba en su asiento para beber a grandes tragos de la cantimplora que había traído escondida en la chaqueta. A su gesto iracundo, el ingeniero respondió aumentando la presión en el brazo; el otro muchacho bajó del auto y se tiró sobre el ingeniero, que dio dos pasos atrás y lo esperó casi con lástima. El soldado ya venía corriendo, y los gritos de las monjas alertaron a Taunus y a su compañero; Taunus escuchó lo sucedido, se acercó al muchacho de la botella y le dio un par de bofetadas. El muchacho gritó y protestó, lloriqueando, mientras el otro rezongaba sin atreverse a intervenir. El ingeniero le quitó la botella y se la alcanzó a Taunus. Empezaban a sonar bocinas y cada cual regresó a su auto, por lo demás inútilmente puesto que la columna avanzó apenas cinco metros.

A la hora de la siesta, bajo un sol todavía más duro que la víspera, una de las monjas se quitó la toca y su compañera le mojó las sienes con agua de colonia. Las mujeres improvisaban de a poco sus actividades samaritanas, yendo de un auto a otro, ocupándose de los niños para que los hombres estuvieran más libres: nadie se quejaba pero el buen humor era forzado, se basaba siempre en los mismos juegos de palabras, en un escepticismo de buen tono. Para el ingeniero y la muchacha del Dauphine, sentirse sudorosos y sucios era la vejación más grande; lo enternecía casi la rotunda indiferencia del matrimonio de campesinos al olor que les brotaba de las axilas cada vez que venían a charlar con ellos o a repetir alguna noticia de último momento. Hacia el atardecer el ingeniero miró casualmente por el retrovisor y encontró como siempre la cara pálida y de rasgos tensos del hombre del Caravelle, que al igual que el gordo piloto del Floride se había mantenido ajeno a todas las actividades. Le pareció que sus facciones se habían afilado todavía más, y se preguntó si no estaría enfermo. Pero después, cuando al ir a charlar con el soldado y su mujer tuvo ocasión de mirarlo desde más cerca, se dijo que ese hombre no estaba enfermo; era otra cosa, una separación, por darle algún nombre. El soldado del Volkswagen le contó más tarde que a su mujer le daba miedo ese hombre silencioso que no se apartaba jamás del volante y que parecía dormir despierto. Nacían hipótesis, se creaba un folklore para luchar contra la inacción. Los niños del Taunus y el 203 se habían hecho amigos y se habían peleado y luego se habían reconciliado; sus padres se visitaban, y la muchacha del Dauphine iba cada tanto a ver cómo se sentían la anciana del ID y la señora del Beaulieu. Cuando al atardecer soplaron bruscamente una ráfagas tormentosas y el sol se perdió entre las nubes que se alzaban al oeste, la gente se alegró pensando que iba a refrescar. Cayeron algunas gotas, coincidiendo con un avance extraordinario de casi cien metros; a lo lejos brilló un relámpago y el calor subió todavía más. Había tanta electricidad en la atmósfera que Taunus, con un instinto que el ingeniero admiró sin comentarios, dejó al grupo en paz hasta la noche, como si temiera los efectos del cansancio y el calor. A las ocho las mujeres se encargaron de distribuir las provisiones; se había decidido que el Ariane de los campesinos sería el almacén general, y que el 2HP de las monjas serviría de depósito suplementario. Taunus había ido en persona a hablar con los jefes de los cuatro o cinco grupos vecinos; después, con ayuda del soldado y el hombre del 203, llevó una cantidad de alimentos a los grupos, regresando con más agua y un poco de vino. Se decidió que los muchachos del Simca cederían sus colchones neumáticos a la anciana del ID y a la señora del Beaulieu; la muchacha del Dauphine les llevó dos mantas escocesas y el ingeniero ofreció su coche, que llamaba burlonamente el wagon-lit, a quienes lo necesitaran. Para su sorpresa, la muchacha del Dauphine aceptó el ofrecimiento y esa noche compartió las cuchetas del 404 con una de las monjas; la otra fue a dormir al 203 junto a la niña y su madre, mientras el marido pasaba la noche sobre el macadam, envuelto en una frazada. El ingeniero no tenía sueño y jugó a los dados con Taunus y su amigo; en algún momento se les agregó el campesino del Ariane y hablaron de política bebiendo unos tragos del aguardiente que el campesino había entregado a Taunus esa mañana. La noche no fue mala; había refrescado y brillaban algunas estrellas entre las nubes.

Hacia el amanecer los ganó el sueño, esa necesidad de estar a cubierto que nacía con la grisalla del alba. Mientras Taunus dormía junto al niño en el asiento trasero, su amigo y el ingeniero descansaron un rato en la delantera. Entre dos imágenes de sueño, el ingeniero creyó oír gritos a la distancia y vio un resplandor indistinto; el jefe de otro grupo vino a decirles que treinta autos más adelante había habido un principio de incendio en un Estafette, provocado por alguien que había querido hervir clandestinamente unas legumbres. Taunus bromeó sobre lo sucedido mientras iba de auto en auto para ver cómo habían pasado todos la noche, pero a nadie se le escapó lo que quería decir. Esa mañana la columna empezó a moverse muy temprano y hubo que correr y agitarse para recuperar los colchones y las mantas, pero como en todas partes debía estar sucediendo lo mismo nadie se impacientaba ni hacía sonar las bocinas. A mediodía habían avanzado más de cincuenta metros, y empezaba a divisarse la sombra de un bosque a la derecha de la ruta. Se envidiaba la suerte de los que en ese momento podían ir hasta la banquina y aprovechar la frescura de la sombra; quizá había un arroyo, o un grifo de agua potable. La muchacha del Dauphine cerró los ojos y pensó en una ducha cayéndole por el cuello y la espalda, corriéndole por las piernas; el ingeniero, que la miraba de reojo, vio dos lágrimas que le resbalaban por las mejillas.

Taunus, que acababa de adelantarse hasta el ID, vino a buscar a las mujeres más jóvenes para que atendieran a la anciana que no se sentía bien. El jefe del tercer grupo a retaguardia contaba con un médico entre sus hombres, y el soldado corrió a buscarlo. Al ingeniero, que había seguido con irónica benevolencia los esfuerzos de los muchachitos del Simca para hacerse perdonar su travesura, entendió que era el momento de darles su oportunidad. Con los elementos de una tienda de campaña los muchachos cubrieron la ventanilla del 404, y el wagon-lit se transformó en ambulancia para que la anciana descansara en una oscuridad relativa. Su marido se tendió a su lado, teniéndole la mano, y los dejaron solos con el médico. Después las monjas se ocuparon de la anciana, que se sentía mejor, y el ingeniero pasó la tarde como pudo, visitando otros autos y descansando en el de Taunus cuando el sol castigaba demasiado; sólo tres veces le tocó correr hasta su auto, donde los viejitos parecían dormir, para hacerlo avanzar junto con la columna hasta el alto siguiente. Los ganó la noche sin que hubiesen llegado a la altura del bosque.

Hacia las dos de la madrugada bajó la temperatura, y los que tenían mantas se alegraron de poder envolverse en ellas. Como la columna no se movería hasta el alba (era algo que se sentía en el aire, que venía desde el horizonte de autos inmóviles en la noche) el ingeniero y Taunus se sentaron a fumar y a charlar con el campesino del Ariane y el soldado. Los cálculos de Taunus no correspondían ya a la realidad, y lo dijo francamente; por la mañana habría que hacer algo para conseguir más provisiones y bebidas. El soldado fue a buscar a los jefes de los grupos vecinos, que tampoco dormían, y se discutió el problema en voz baja para no despertar a las mujeres. Los jefes habían hablado con los responsables de los grupos más alejados, en un radio de ochenta o cien automóviles, y tenían la seguridad de que la situación era análoga en todas partes. El campesino conocía bien la región y propuso que dos o tres hombres de cada grupo saliera al alba para comprar provisiones en las granjas cercanas, mientras Taunus se ocupaba de designar pilotos para los autos que quedaran sin dueño durante la expedición. La idea era buena y no resultó difícil reunir dinero entre los asistentes; se decidió que el campesino, el soldado y el amigo de Taunus irían juntos y llevarían todas las bolsas, redes y cantimploras disponibles. Los jefes de los otros grupos volvieron a sus unidades para organizar expediciones similares, y al amanecer se explicó la situación a las mujeres y se hizo lo necesario para que la columna pudiera seguir avanzando. La muchacha del Dauphine le dijo al ingeniero que la anciana ya estaba mejor y que insistía en volver a su ID; a las ocho llegó el médico, que no vio inconvenientes en que el matrimonio regresara a su auto. De todos modos, Taunus decidió que el 404 quedaría habilitado permanentemente como ambulancia; los muchachos, para divertirse, fabricaron un banderín con una cruz roja y lo fijaron en la antena del auto. Hacía ya rato que la gente prefería salir lo menos posible de sus coches; la temperatura seguía bajando y a mediodía empezaron los chaparrones y se vieron relámpagos a la distancia. La mujer del campesino se apresuró a recoger agua con un embudo y una jarra de plástico, para especial regocijo de los muchachos del Simca. Mirando todo eso, inclinado sobre el volante donde había un libro abierto que no le interesaba demasiado, el ingeniero se preguntó por qué los expedicionarios tardaban tanto en regresar; más tarde Taunus lo llamó discretamente a su auto y cuando estuvieron dentro le dijo que habían fracasado. El amigo de Taunus dio detalles: las granjas estaban abandonadas o la gente se negaba a venderles nada, aduciendo las reglamentaciones sobre ventas a particulares y sospechando que podían ser inspectores que se valían de las circunstancias para ponerlos a prueba. A pesar de todo habían podido traer una pequeña cantidad de agua y algunas provisiones, quizá robadas por el soldado que sonreía sin entrar en detalles. Desde luego ya no se podía pasar mucho tiempo sin que cesara el embotellamiento, pero los alimentos de que se disponía no eran los más adecuados para los dos niños y la anciana. El médico, que vino hacia las cuatro y media para ver a la enferma, hizo un gesto de exasperación y cansancio y dijo a Taunus que en su grupo y en todos los grupos vecinos pasaba lo mismo. Por la radio se había hablado de una operación de emergencia para despejar la autopista, pero aparte de un helicóptero que apareció brevemente al anochecer no se vieron otros aprestos. De todas maneras hacía cada vez menos calor, y la gente parecía esperar la llegada de la noche para taparse con las mantas y abolir en el sueño algunas horas más de espera. Desde su auto el ingeniero escuchaba la charla de la muchacha del Dauphine con el viajante del DKW, que le contaba cuentos y la hacía reír sin ganas. Lo sorprendió ver a la señora del Beaulieu que casi nunca abandonaba su auto, y bajó para saber si necesitaba alguna cosa, pero la señora buscaba solamente las últimas noticias y se puso a hablar con las monjas. Un hastío sin nombre pesaba sobre ellos al anochecer; se esperaba más del sueño que de las noticias siempre contradictorias o desmentidas. El amigo de Taunus llegó discretamente a buscar al ingeniero, al soldado y al hombre del 203. Taunus les anunció que el tripulante del Floride acababa de desertar; uno de los muchachos del Simca había visto el coche vacío, y después de un rato se había puesto a buscar a su dueño para matar el tedio. Nadie conocía mucho al hombre gordo del Floride, que tanto había protestado el primer día aunque después acabara de quedarse tan callado como el piloto del Caravelle.. Cuando a las cinco de la mañana no quedó la menor duda de que Floride, como se divertían en llamarlo los chicos del Simca, había desertado llevándose un valija de mano y abandonando otra llena de camisas y ropa interior, Taunus decidió que uno de los muchachos se haría cargo del auto abandonado para no inmovilizar la columna. A todos los había fastidiado vagamente esa deserción en la oscuridad, y se preguntaban hasta dónde habría podido llegar Floride en su fuga a través de los campos. Por lo demás parecía ser la noche de las grandes decisiones: tendido en su cucheta del 404, al ingeniero le pareció oír un quejido, pero pensó que el soldado y su mujer serían responsables de algo que, después de todo, resultaba comprensible en plena noche y en esas circunstancias. Después lo pensó mejor y levantó la lona que cubría la ventanilla trasera; a la luz de unas pocas estrellas vio a un metro y medio el eterno parabrisas del Caravelle y detrás, como pegada al vidrio y un poco ladeada, la cara convulsa del hombre. Sin hacer ruido salió por el lado izquierdo para no despertar a la monjas, y se acercó al Caravelle. Después buscó a Taunus, y el soldado corrió a prevenir al médico. Desde luego el hombre se había suicidado tomando algún veneno; las líneas a lápiz en la agenda bastaban, y la carta dirigida a una tal Ivette, alguien que lo había abandonado en Vierzon. Por suerte la costumbre de dormir en los autos estaba bien establecida (las noches eran ya tan frías que a nadie se le hubiera ocurrido quedarse fuera) y a pocos les preocupaba que otros anduvieran entre los coches y se deslizaran hacia los bordes de la autopista para aliviarse. Taunus llamó a un consejo de guerra, y el médico estuvo de acuerdo con su propuesta. Dejar el cadáver al borde de la autopista significaba someter a los que venían más atrás a una sorpresa por lo menos penosa: llevarlo más lejos, en pleno campo, podía provocar la violenta repulsa de los lugareños, que la noche anterior habían amenazado y golpeado a un muchacho de otro grupo que buscaba de comer. El campesino del Ariane y el viajante del DKW tenían lo necesario para cerrar herméticamente el portaequipaje del Caravelle. Cuando empezaban su trabajo se les agregó la muchacha del Dauphine, que se colgó temblando del brazo del ingeniero. Él le explicó en voz baja lo que acababa de ocurrir y la devolvió a su auto, ya más tranquila. Taunus y sus hombres habían metido el cuerpo en el portaequipajes, y el viajante trabajó con scotch tape y tubos de cola líquida a la luz de la linterna del soldado. Como la mujer del 203 sabía conducir, Taunus resolvió que su marido se haría cargo del Caravelle que quedaba a la derecha del 203; así, por la mañana, la niña del 203 descubrió que su papá tenía otro auto, y jugó horas y horas a pasar de uno a otro y a instalar parte de sus juguetes en el Caravelle.

Por primera vez el frío se hacía sentir en pleno día, y nadie pensaba en quitarse las chaquetas. La muchacha del Dauphine y las monjas hicieron el inventario de los abrigos disponibles en el grupo. Había unos pocos pulóveres que aparecían por casualidad en los autos o en alguna valija, mantas, alguna gabardina o abrigo ligero. Otra vez volvía a faltar el agua, y Taunus envió a tres de sus hombres, entre ellos el ingeniero, para que trataran de establecer contacto con los lugareños. Sin que pudiera saberse por qué, la resistencia exterior era total; bastaba salir del límite de la autopista para que desde cualquier sitio llovieran piedras. En plena noche alguien tiró una guadaña que golpeó el techo del DKW y cayó al lado del Dauphine. El viajante se puso muy pálido y no se movió de su auto, pero el americano del De Soto (que no formaba parte del grupo de Taunus pero que todos apreciaban por su buen humor y sus risotadas) vino a la carrera y después de revolear la guadaña la devolvió campo afuera con todas sus fuerzas, maldiciendo a gritos. Sin embargo, Taunus no creía que conviniera ahondar la hostilidad; quizás fuese todavía posible hacer una salida en busca de agua.

Ya nadie llevaba la cuenta de lo que se había avanzado ese día o esos días; la muchacha del Dauphine creía que entre ochenta y doscientos metros; el ingeniero era menos optimista pero se divertía en prolongar y complicar los cálculos con su vecina, interesado de a ratos en quitarle la compañía del viajante del DKW que le hacía la corte a su manera profesional. Esa misma tarde el muchacho encargado del Floride corrió a avisar a Taunus que un Ford Mercury ofrecía agua a buen precio. Taunus se negó, pero al anochecer una de las monjas le pidió al ingeniero un sorbo de agua para la anciana del ID que sufría sin quejarse, siempre tomada de la mano de su marido y atendida alternativamente por las monjas y la muchacha del Dauphine. Quedaba medio litro de agua, y las mujeres lo destinaron a la anciana y a la señora del Beaulieu. Esa misma noche Taunus pagó de su bolsillo dos litros de agua; el Ford Mercury prometió conseguir más para el día siguiente, al doble del precio. Era difícil reunirse para discutir, porque hacía tanto frío que nadie abandonaba los autos como no fuera por un motivo imperioso. Las baterías empezaban a descargarse y no se podía hacer funcionar todo el tiempo la calefacción; Taunus decidió que los dos coches mejor equipados se reservarían llegado el caso para los enfermos. Envueltos en mantas (los muchachos del Simca habían arrancado el tapizado de su auto para fabricarse chalecos y gorros, y otros empezaron a imitarlos), cada uno trataba de abrir lo menos posible las portezuelas para conservar el calor. En alguna de esas noches heladas el ingeniero oyó llorar ahogadamente a la muchacha del Dauphine. Sin hacer ruido, abrió poco a poco la portezuela y tanteó en la sombra hasta rozar una mejilla mojada. Casi sin resonancia la chica se dejó atraer al 404; el ingeniero la ayudó a tenderse en la cucheta, la abrigó con la única manta y le echó encima su gabardina. La oscuridad era más densa en el coche ambulancia, con sus ventanillas tapadas por las lomas de la rienda. En algún momento el ingeniero bajó los dos parasoles y colgó de ellos su camisa y un pulóver para aislar completamente el auto. Hacia el amanecer ella le dijo al oído que antes de empezar a llorar había creído ver a lo lejos, sobre la derecha, las luces de una ciudad.

Quizá fuera una ciudad pero las nieblas de la mañana no dejaban ver ni a veinte metros. Curiosamente ese día la columna avanzó bastante más, quizás doscientos o trescientos metros. Coincidió con nuevos anuncios de la radio (que casi nadie escuchaba, salvo Taunus que se sentía obligado a mantenerse al corriente); los locutores hablaban enfáticamente de medidas de excepción que liberarían la autopista, y se hacían referencias al agotador trabajo de las cuadrillas camineras y de las fuerzas policiales. Bruscamente, una de las monjas deliró. Mientras su compañera la contemplaba aterrada y la muchacha del Dauphine le humedecía las sienes con un resto de perfume, la monja hablo de Armagedón, del noveno día, de la cadena de cinabrio. El médico vino mucho después, abriéndose paso entre la nieve que caía desde el mediodía y amurallaba poco a poco los autos. Deploró la carencia de una inyección calmante y aconsejó que llevaran a la monja a un auto con buena calefacción. Taunus la instaló en su coche, y el niño pasó al Caravelle donde también estaba su amiguita del 203; jugaban con sus autos y se divertían mucho porque eran los únicos que no pasaban hambre. Todo ese día y los siguientes nevó casi de continuo, y cuando la columna avanzaba unos metros había que despejar con medios improvisados las masas de nieve amontonadas entre los autos.

A nadie se le hubiera ocurrido asombrarse por la forma en que se obtenían las provisiones y el agua. Lo único que podía hacer Taunus era administrar los fondos comunes y tratar de sacar el mejor partido posible de algunos trueques. El Ford Mercury y un Porsche venían cada noche a traficar con las vituallas; Taunus y el ingeniero se encargaban de distribuirlas de acuerdo con el estado físico de cada uno. Increíblemente la anciana del ID sobrevivía, perdida en un sopor que las mujeres se cuidaban de disipar. La señora del Beaulieu que unos días antes había sufrido de náuseas y vahídos, se había repuesto con el frío y era de las que más ayudaba a la monja a cuidar a su compañera, siempre débil y un poco extraviada. La mujer del soldado y del 203 se encargaban de los dos niños; el viajante del DKW, quizá para consolarse de que la ocupante del Dauphine hubiera preferido al ingeniero, pasaba horas contándoles cuentos a los niños. En la noche los grupos ingresaban en otra vida sigilosa y privada; las portezuelas se abrían silenciosamente para dejar entrar o salir alguna silueta aterida; nadie miraba a los demás, los ojos tan ciegos como la sombra misma. Bajo mantas sucias, con manos de uñas crecidas, oliendo a encierro y a ropa sin cambiar, algo de felicidad duraba aquí y allá. La muchacha del Dauphine no se había equivocado: a lo lejos brillaba una ciudad, y poco y a poco se irían acercando. Por las tardes el chico del Simca se trepaba al techo de su coche, vigía incorregible envuelto en pedazos de tapizado y estopa verde. Cansado de explorar el horizonte inútil, miraba por milésima vez los autos que lo rodeaban; con alguna envidia descubría a Dauphine en el auto del 404, una mano acariciando un cuello, el final de un beso. Por pura broma, ahora que había reconquistado la amistad del 404, les gritaba que la columna iba a moverse; entonces Dauphine tenía que abandonar al 404 y entrar en su auto, pero al rato volvía a pasarse en buscar de calor, y al muchacho del Simca le hubiera gustado tanto poder traer a su coche a alguna chica de otro grupo, pero no era ni para pensarlo con ese frío y esa hambre, sin contar que el grupo de más adelante estaba en franco tren de hostilidad con el de Taunus por una historia de un tubo de leche condensada, y salvo las transacciones oficiales con Ford Mercury y con Porsche no había relación posible con los otros grupos. Entonces el muchacho del Simca suspiraba descontento y volvía a hacer de vigía hasta que la nieve y el frío lo obligaban a meterse tiritando en su auto.

Pero el frío empezó a ceder, y después de un período de lluvias y vientos que enervaron los ánimos y aumentaron las dificultades de aprovisionamiento, siguieron días frescos y soleados en que ya era posible salir de los autos, visitarse, reanudar relaciones con los grupos de vecinos. Los jefes habían discutido la situación, y finalmente se logró hacer la paz con el grupo de más adelante. De la brusca desaparición del Ford Mercury se habló mucho tiempo sin que nadie supiera lo que había podido ocurrirle, pero Porsche siguió viniendo y controlando el mercado negro. Nunca faltaban del todo el agua o las conservas, aunque los fondos del grupo disminuían y Taunus y el ingeniero se preguntaban qué ocurriría el día en que no hubiera más dinero para Porsche. Se habló de un golpe de mano, de hacerlo prisionero y exigirle que revelara la fuente de los suministros, pero en esos días la columna había avanzado un buen trecho y los jefes prefirieron seguir esperando y evitar el riesgo de echarlo todo a perder por una decisión violenta. Al ingeniero, que había acabado por ceder a una indiferencia casi agradable, lo sobresaltó por un momento el tímido anuncio de la muchacha del Dauphine, pero después comprendió que no se podía hacer nada para evitarlo y la idea de tener un hijo de ella acabó por parecerle tan natural como el reparto nocturno de las provisiones o los viajes furtivos hasta el borde de la autopista. Tampoco la muerte de la anciana del ID podía sorprender a nadie. Hubo que trabajar otra vez en plena noche, acompañar y consolar al marido que no se resignaba a entender. Entre dos de los grupos de vanguardia estalló una pelea y Taunus tuvo que oficiar de árbitro y resolver precariamente la diferencia. Todo sucedía en cualquier momento, sin horarios previsibles; lo más importante empezó cuando ya nadie lo esperaba, y al menos responsable le tocó darse cuenta el primero. Trepado en el techo del Simca, el alegre vigía tuvo la impresión de que el horizonte había cambiado (era el atardecer, un sol amarillento deslizaba su luz rasante y mezquina) y que algo inconcebible estaba ocurriendo a quinientos metros, a trescientos, a doscientos cincuenta. Se lo gritó al 404 y el 404 le dijo algo Dauphine que se pasó rápidamente a su auto cuando ya Taunus, el soldado y el campesino venían corriendo y desde el techo del Simca el muchacho señalaba hacia adelante y repetía interminablemente el anuncio como si quisiera convencerse de que lo que estaba viendo era verdad; entonces oyeron la conmoción, algo como un pesado pero incontenible movimiento migratorio que despertaba de un interminable sopor y ensayaba sus fuerzas. Taunus les ordenó a gritos que volvieran a sus coches; el Beaulieu, el ID, el Fiat 600 y el De Soto arrancaron con un mismo impulso. Ahora el 2HP, el Taunus, el Simca y el Ariane empezaban a moverse, y el muchacho del Simca, orgulloso de algo que era como su triunfo, se volvía hacia el 404 y agitaba el brazo mientras el 404, el Dauphine, el 2HP de las monjas y el DKW se ponían a su vez en marcha. Pero todo estaba en saber cuánto iba a durar eso; el 404 se lo preguntó casi por rutina mientras se mantenía a la par de Dauphine y le sonreía para darle ánimo. Detrás, el Volkswagen, el Caravelle, el 203 y el Floride arrancaban, a su vez lentamente, un trecho en primera velocidad, después la segunda, interminablemente la segunda pero ya sin desembragar como tantas veces, con el pie firme en el acelerador, esperando poder pasar a tercera. Estirando el brazo izquierdo el 404 buscó la mano de Dauphine, rozó apenas la punta de sus dedos, vio en su cara una sonrisa de incrédula esperanza y pensó que iban a llegar a París y que se bañarían, que irían juntos a cualquier lado, a su casa o a la de ella a bañarse, a comer, a bañarse interminablemente y a comer y beber, y que después habría muebles, habría un dormitorio con muebles y un cuarto de baño con espuma de jabón para afeitarse de verdad, y retretes, comida y retretes y sábanas, París era un retrete y dos sábanas y el agua caliente por el pecho y las piernas, y una tijera de uñas, y vino blanco, beberían vino blanco antes de besarse y sentirse oler a lavanda y a colonia, antes de conocerse de verdad a plena luz, entre sábanas limpias, y volver a bañarse por juego, amarse y bañarse y beber y entrar en la peluquería, entrar en el baño, acariciar las sábanas y acariciarse entre las sábanas y amarse entre la espuma y la lavanda y los cepillos antes de empezar a pensar en lo que iban a hacer, en el hijo y los problemas y el futuro, y todo eso siempre que no se detuvieran, que la columna continuara aunque todavía no se pudiese subir a la tercera velocidad, seguir así en segunda, pero seguir. Con los paragolpes rozando el Simca, el 404 se echó atrás en el asiento, sintió aumentar la velocidad, sintió que podía acelerar sin peligro de irse contra el Simca, y que el Simca aceleraba sin peligro de chocar contra el Beaulieu, y que detrás venía el Caravelle y que todos aceleraban más y más, y que ya se podía pasar a tercera sin que el motor penara, y la palanca calzó increíblemente en la tercera y la marcha se hizo suave y se aceleró todavía más, y el 404 miró enternecido y deslumbrado a su izquierda buscando los ojos de Dauphine. Era natural que con tanta aceleración las filas ya no se mantuvieran paralelas. Dauphine se había adelantado casi un metro y el 404 le veía la nuca y apenas el perfil, justamente cuando ella se volvía para mirarlo y hacía un gesto de sorpresa al ver que el 404 se retrasaba todavía más. Tranquilizándola con una sonrisa el 404 aceleró bruscamente, pero casi en seguida tuvo que frenar porque estaba a punto de rozar el Simca; le tocó secamente la bocina y el muchacho del Simca lo miró por el retrovisor y le hizo un gesto de impotencia, mostrándole con la mano izquierda el Beaulieu pegado a su auto. El Dauphine iba tres metros más adelante, a la altura del Simca, y la niña del 203, al nivel del 404, agitaba los brazos y le mostraba su muñeca. Una mancha roja a la derecha desconcertó al 404; en vez del 2HP de las monjas o del Volkswagen del soldado vio un Crevrolet desconocido, y casi en seguida el Chevrolet se adelantó seguido por un Lancia y por un Renault 8. A su izquierda se le apareaba un ID que empezaba a sacarle ventaja metro a metro, pero antes de que fuera sustituido por un 403, el 404 alcanzó a distinguir todavía en la delantera el 203 que ocultaba ya a Dauphine. El grupo se dislocaba, ya no existía. Taunus debía de estar a más de veinte metros adelante, seguido de Dauphine; al mismo tiempo la tercera fila de la izquierda se atrasaba porque en vez del DKW del viajante, el 404 alcanzaba a ver la parte trasera de un viejo furgón negro, quizá un Citroën o un Peugeot. Los autos corrían en tercera, adelantándose o perdiendo terreno según el ritmo de su fila, y a los lados de la autopista se veían huir los árboles, algunas casas entre las masas de niebla y el anochecer. Después fueron las luces rojas que todos encendían siguiendo el ejemplo de los que iban adelante, la noche que se cerraba bruscamente. De cuando en cuando sonaban bocinas, las agujas de los velocímetros subían cada vez más, algunas filas corrían a setenta kilómetros, otras a sesenta y cinco, algunas a sesenta. El 404 había esperado todavía que el avance y el retroceso de las filas le permitiera alcanzar otra vez a Dauphine, pero cada minuto lo iba convenciendo de que era inútil, que el grupo se había disuelto irrevocablemente, que ya no volverían a repetirse los encuentros rutinarios, los mínimos rituales, los consejos de guerra en el auto de Taunus, las caricias de Dauphine en la paz de la madrugada, las risas de los niños jugando con sus autos, la imagen de la monja pasando las cuentas del rosario. Cuando se encendieron las luces de los frenos del Simca, el 404 redujo la marcha con un absurdo sentimiento de esperanza, y apenas puesto el freno de mano saltó del auto y corrió hacia adelante. Fuera del Simca y el Beaulieu (más atrás estaría el Caravelle, pero poco le importaba) no reconoció ningún auto; a través de cristales diferentes lo miraban con sorpresa y quizá escándalo otros rostros que no había visto nunca. Sonaban las bocinas, y el 404 tuvo que volver a su auto; el chico del Simca le hizo un gesto amistoso, como si comprendiera, y señaló alentadoramente en dirección de París. La columna volvía a ponerse en marcha, lentamente durante unos minutos y luego como si la autopista estuviera definitivamente libre. A la izquierda del 404 corría un Taunus, y por un segundo al 404 le pareció que el grupo se recomponía, que todo entraba en el orden, que se podría seguir adelante sin destruir nada. Pero era un Taunus verde, y en el volante había una mujer con anteojos ahumados que miraba fijamente hacia adelante. No se podía hacer otra cosa que abandonarse a la marcha, adaptarse mecánicamente a la velocidad de los autos que lo rodeaban, no pensar. En el Volkswagen del soldado debía de estar su chaqueta de cuero. Taunus tenía la novela que él había leído en los primeros días. Un frasco de lavanda casi vacío en el 2HP de las monjas. Y él tenía ahí, tocándolo a veces con la mano derecha, el osito de felpa que Dauphine le había regalado como mascota. Absurdamente se aferró a la idea de que a las nueve y media se distribuirían los alimentos, habría que visitar a los enfermos, examinar la situación con Taunus y el campesino del Ariane; después sería la noche, sería Dauphine subiendo sigilosamente a su auto, las estrellas o las nubes, la vida. Sí, tenía que ser así, no era posible que eso hubiera terminado para siempre. Tal vez el soldado consiguiera una ración de agua, que había escaseado en las últimas horas; de todos modos se podía contar con Porsche, siempre que se le pagara el precio que pedía. Y en la antena de la radio flotaba locamente la bandera con la cruz roja, y se corría a ochenta kilómetros por hora hacia las luces que crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro, por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante.