Mi sentido de la inmortalidad la tengo desde que era un niño.
Recuerdo que me había enfermado, estaba mal. Y en mi momento más desesperado, así
como si de una aparición se tratase, dicha enfermedad desapareció así cómo llegó.
A partir de ese momento, supe que no podía morir.
Que mi vida era más importante que la de los demás, y que estaba destinado a la grandeza.
Me llamaron "El chico del milagro". Todos estaban fascinados por mi historia, y mis padres, antaño presos del dolor y la angustia, ahora aprovechaban mi momento dorado para engordar sus bolsillos.
Me gustaba mucho contar mi historia a los periodistas, noticieros, programas de televisión e inclusive, si la ocasión se presentaba, en los teatros.
Me sentía un Dios entre simples y despreciables mortales quienes deseaban estar en mis zapatos.
Que mi vida era más importante que la de los demás, y que estaba destinado a la grandeza.
Me llamaron "El chico del milagro". Todos estaban fascinados por mi historia, y mis padres, antaño presos del dolor y la angustia, ahora aprovechaban mi momento dorado para engordar sus bolsillos.
Me gustaba mucho contar mi historia a los periodistas, noticieros, programas de televisión e inclusive, si la ocasión se presentaba, en los teatros.
Me sentía un Dios entre simples y despreciables mortales quienes deseaban estar en mis zapatos.
Pero todo lo que empieza, debe terminar. Poco a poco las
personas se olvidaron de mi, y mis padres dejaron de recibir dinero.
A la edad de 15 años, quedé huérfano gracias a un accidente automovilístico donde salí ileso, sin un rasguño.
Mis ideas de inmortalidad aumentaron considerablemente; fue un accidente en el cual no debería haber sobrevivido.
Abatido por la pérdida de mis padres, decidí estudiar el amplio arte de la ciencia.
Me recibí con honores y reconocido mundialmente por mi trabajo sobre anatomía molecular.
A la edad de los 25 años, conocí a mi amada esposa, Amanda, quien luego de 5 años dio a luz a mis dos bellos hijos: Ludmila y Amadeo.
A la edad de 15 años, quedé huérfano gracias a un accidente automovilístico donde salí ileso, sin un rasguño.
Mis ideas de inmortalidad aumentaron considerablemente; fue un accidente en el cual no debería haber sobrevivido.
Abatido por la pérdida de mis padres, decidí estudiar el amplio arte de la ciencia.
Me recibí con honores y reconocido mundialmente por mi trabajo sobre anatomía molecular.
A la edad de los 25 años, conocí a mi amada esposa, Amanda, quien luego de 5 años dio a luz a mis dos bellos hijos: Ludmila y Amadeo.
La idea de la inmortalidad se había borrado por completo de mi
mente. Ahora en ella sólo se encontraba mi familia.
Una tarde en la que estaba sumergido en mi trabajo en mi laboratorio, recibí una horrible noticia.
Mi familia había sido asesinada por un malnacido, al que la justicia había liberado por ser el hijo de un pez gordo.
El dolor que acongojaba mi corazón, era indescriptible.
Mi venganza tomó varios años en lograrse, pero al fin se cumplió cuando lo encontré en la calle queriendo violar a una niña a punta de navaja.
Lo dormí con Cloroformo y lo secuestré en mi laboratorio. Donde tras tres días de exhaustiva tortura, uno por cada integrante de mi familia, lo arrojé vivo a un estanque de ácido. Pero no sin antes haberle roto los brazos y piernas para que no pueda escapar.
Miré al desgraciado desintegrarse poco a poco, así también como sus gritos, llantos y suplicas agonizantes.
Mi venganza estaba completa, bajo el crimen perfecto. No había rastro alguno del cuerpo, nada que enterrar, nada que reconocer. Nada quedó de su mancha repugnante sobre la tierra.
Claro que fui sospechoso de la investigación durante un tiempo, pero el caso concluyó en "desaparición"
Una tarde en la que estaba sumergido en mi trabajo en mi laboratorio, recibí una horrible noticia.
Mi familia había sido asesinada por un malnacido, al que la justicia había liberado por ser el hijo de un pez gordo.
El dolor que acongojaba mi corazón, era indescriptible.
Mi venganza tomó varios años en lograrse, pero al fin se cumplió cuando lo encontré en la calle queriendo violar a una niña a punta de navaja.
Lo dormí con Cloroformo y lo secuestré en mi laboratorio. Donde tras tres días de exhaustiva tortura, uno por cada integrante de mi familia, lo arrojé vivo a un estanque de ácido. Pero no sin antes haberle roto los brazos y piernas para que no pueda escapar.
Miré al desgraciado desintegrarse poco a poco, así también como sus gritos, llantos y suplicas agonizantes.
Mi venganza estaba completa, bajo el crimen perfecto. No había rastro alguno del cuerpo, nada que enterrar, nada que reconocer. Nada quedó de su mancha repugnante sobre la tierra.
Claro que fui sospechoso de la investigación durante un tiempo, pero el caso concluyó en "desaparición"
Mi venganza estaba completa. Pero algo me faltaba. Algo
importante. Mi familia.
Mi mente deterioró desde el día en que me la arrebataron. Encontraba paz al llegar a mi hogar y ver sus cuerpitos durmiendo en un mar de formol.
Mi mente deterioró desde el día en que me la arrebataron. Encontraba paz al llegar a mi hogar y ver sus cuerpitos durmiendo en un mar de formol.
Hasta que al fin lo logré. La solución estuvo siempre al alcance de mis manos y el libro me lo dijo; necesitaba una gran fuerza de electricidad para activar sus cuerpos y devolverlos a la vida.
Pero ¿Donde buscar tal fuerza? La represa eléctrica era mi solución.
Conduje sus cuerpos por la noche, y con ayuda de los transformadores, logré que entraran en estado crítico, emitiendo tanta electricidad, que toda la ciudad fue devorada por la oscuridad.
Vi sus cuerpos moverse, mi corazón palpitaba de alegría, pero de pronto calló.
Ellos dejaron de moverse, mi plan había fracasado.
Saqué de mi mochila el viejo revolver de mi padre, y jalé del gatillo.
El disparo no se efectuó. Mi inmortalidad no terminaba.
Y fue en ese momento, donde un guardia de seguridad acompañado por un ingeniero de la represa llegaron a apresarme.
El guardia me esposó y el ingeniero reparaba con horror en los cuerpos que yacían en el generador.
Justo antes que el guardia llamara a la policía, algo asombroso sucedió.
Amanda se abalanzó sobre él, arrancándole la mitad del rostro de un solo mordisco. Y mis hermosos hijos, Amadeo y Ludmila, desmembraban entre risitas al ingeniero. La sangre llovió sobre mí.
Mi familia posó sus ojitos en mi, y como si fueran bestias salvajes, se abalanzaron sobre mí.
No pude hacer otra cosa que huir y llevar la llave de las esposas conmigo. Aquella ya no era mi familia.
Había cometido un error. Jugué a ser Dios y creé a seres abominables.
Corrí hasta encontrar una habitación y me encerré allí. Sin quererlo, estaba atrapado en un cuarto sin salida Me senté en el suelo, llorando y maldiciéndome. Tomé de mi mochila mi viejo anotador, y comencé a escribir esto.
Fui un idiota al pensar que podía devolver a la vida a mis hijos y a mi esposa, no pensé en las consecuencias.
Estaba tan deprimido y sumergido en mi esperanza, que no escatimé errores.
Lo que tanto se escucha, es verdad. Algunas cosas, deben quedar muertas.
Ahora, ellos están detrás de la puerta, gritando, arañando. Queriendo entrar y encontrar a quien les devolvió la vida.
Las bisagras poco a poco empiezan a aflojar...Ahora, sólo me queda confiar en mi tan inoportuna inmortalidad.


